La Dra. Marcela Aspell recuerda al Dr. Eduardo Martiré

La señora vicepresidenta segunda de la Academia, Dra. Marcel Aspell ha escrito el siguiente texto en recuerdo del Dr. Eduardo Martiré que fue su colega, su amigo y su maestro.


Hoy hay fiesta en el Cielo.

Cuando en 1975 concluí mis estudios de Derecho en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires me di cuenta que había elegido la profesión equivocada.

Y como evoca José María Mariluz Urquijo en El Archivo en mi Recuerdo, también yo me di cuenta que leer a Solórzano y a Pinelo era mucho más agradable que internarme en los arduos vericuetos del Código Procesal de los cuales nunca podía salir.

Y todo ello con la franca desilusión de mi familia y la compasión de mis compañeros de estudios que se iniciaban exitosamente en el ejercicio profesional.

En el último año de la Carrera de Derecho, cursada rápidamente y con excelentes calificaciones en el solemne edificio de la Avenida Figueroa Alcorta conocí al Doctor Eduardo Martiré. 

Sus clases eran fantásticas, los alumnos esperábamos con verdadero placer que llegara a las aulas, en ese momento « o «B» de la Planta Baja de la Facultad, con enormes vistas a las líneas férreas del Tren Roca donde de a ratos, transitaban larguísimos y cansinos convoyes de vagones.

Eduardo ingresaba feliz a los espaciosos anfiteatros con su bellísima luz especial, su sonrisa bonachona y las manos en los bolsillos, sin apuntes ni papeles de consulta, porque le sobraba erudición y talento para sumergirnos a todos en un fascinante mundo donde, a caballo entre España y las Indias se construía la historia de nuestra cultura jurídica. 

Allí escuché por primera vez el más prodigioso relato de que como Carlos III con pluma severa e implacable mandaba expulsar a los Padres de la Compañía de Jesús «de todos mis Reynos de España y las Indias … por gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia de mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo “¡Misterios de la Vida!

Diez años después estaría ya radicada en Córdoba y trabajando en la Manzana que los Padres de la Compañía comenzaran a levantar en 1599, caminando todos los días entre la luz dorada de sus bellísimos Claustros, gobernando entre los años 2012 a 2015, la Facultad de Derecho en calidad de Decana, sentada en los sillones de altísimos y áridos respaldos, bajo las bóvedas de la misma fría y destemplada Aula de los Gramáticos Minoristas, donde a las tres de la tarde, del 22 de agosto de 1791 Victorino Rodríguez dictó su primera lección de Instituta.

Eduardo no daba clases de historia, las interpretaba con una dicción perfecta y una gestualidad espontánea y viva que acarreaba en tropel, frente a los alumnos azorados y expectantes por el descomunal desfile de reyes y emperadores, los ministros y consejeros de estado, virreyes, gobernadores intendentes corregidores, alcaldes, oidores, teólogos, y juristas, adelantados, curas doctrineros y pobres indios encomendados en los obrajes españoles o mitayos del Potosí, Huancavelica y La Carolina que emergían anhelantes de los oscuros socavones cuando explicaba las Ordenanzas del Virrey del Perú, Don Francisco de Toledo, sancionadas el 7 de febrero de 1574, oportunamente comentadas por Fernando de Montesinos en su “Política de Mineros” publicada en 1642, e intensamente difundidas a través de la obra de altoperuano Gaspar de Escalona, graduado en San Marcos, donde fue condiscípulo de Antonio de León Pinelo, el “Gazophilacium Regium Perubicum”, un tema que a Eduardo le apasionaba y que originó su “Historia del Derecho Minero Indiano y Patrio”

Era a todos luces imposible no enamorarse de esas crónicas crepusculares que reconstruían con una maestría sublime y sobrehumana los fragmentos desdichados de nuestra América profunda y que emergían acezantes, entre el estruendo de las guerras, el bárbaro trabajo de la muerte y los sedimentos de cobre y pulque de la resaca de las noches aturdidas y heroicas que habían llevado a la emancipación.

Y así fue, como en esas tardes del otoño de 1975 en las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires encontré a mi Maestro.

Un Maestro en un ser especial. 

Es un ser mágico.

Los Maestros abren sus despachos a sus alumnos, abren sus Bibliotecas, y también sus casas, comparten con ellos el tesoro de sus conocimientos, sus libros, sus fichas de trabajo, sus apuntes, una taza de té calentito y hasta el ámbito privado de sus familias.

Suman a sus discípulos a los eventos familiares, a sus alegrías y tristezas.

Todos sabemos cuánto cuesta iniciar estos largos trayectos de formación de profesores, cuanto amor, cuanto compromiso, cuanto ejemplo, creatividad, confianza, paciencia y pasión hay que reunir y regalar.

Un buen Maestro es el que siembra la pasión por el conocimiento en el alma de su alumno.

Un Maestro verdadero es capaz de cambiar el destino de su discípulo y cambiando el destino de su discípulo, quizá cambia el destino del mundo. 

El Maestro siente a su discípulo no como un cántaro vacío que debe llenar, sino como alma única y preciosa que puede desarrollar y perfeccionar.

Un Maestro es un héroe, es un héroe silencioso porque logra hacer crecer un sueño, el más precioso sueño de la Humanidad: el sueño de un mundo mejor.

Regala confianza, despierta el interés por aprender y ayuda a desarrollar la capacidad de cada alumno.

Un alumno que se destaca siempre llevara el sello de un Maestro ejemplar.

Un Maestro es un ser humano que tiene la nobleza de enseñar, la bondad de escuchar, la inteligencia para guiar, el talento para motivar y la pasión para comprometerse

Todos los que aquí leen estas páginas, alguna vez hemos experimentado esa inolvidable e inenarrable felicidad que se experimenta cuando se aprende alguna pequeñísima partícula del conocimiento, la luz y el gozo profundo de un trabajo intelectual bien hecho.

Y no se llega a este sublime momento sin la presencia de un Maestro que en algún momento guió nuestro camino.

Así fueron los Maestros que me formaron a los que conocí y con quienes compartí el trabajo en el Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho y en las Jornadas de Historia del Derecho Argentino, y en los Congresos internacionales de Derecho Indiano, pero uno de ellos es especial para mí, porque fue el que me eligió para comenzar a recorrer de su mano el camino del conocimiento:  Es el Doctor Eduardo Martiré.

Y mientras tanto aprendía con su guía a buscar preciosos segmentos del pasado en el Archivo General de la Nación, en el Museo Mitre, en los Archivos de la Policía Federal, en la vieja Biblioteca Nacional de calle Méjico, en un tiempo en que concurrían Daniel Santamaría, Eduardo Saguier, María Cristina Mendilaharzu, Samuel Amaral, Carlos Mayo, Silvia Mallo, – feliz organizadora de asados titánicos en su hermosa casaquinta camino a La Plata-, Judith Lynn Sweeney, Hernán Asdrúbal Silva, Susan Midgen Socolow, Richard W. Slatta, María Isabel Seoane, María Rosa Pugliese, Raquel Bisio de Orlando, José Ignacio García Hamilton, Adela Aspiazu, Susana Frias y tantos otros compañeros de tareas cuyos nombres han fugado de mi memoria, pero no sus bellísimos rostros juveniles que permanecen intactos en mis recuerdos.

Un Decano simpatiquísimo y profundamente humano que gobernó la cordobesa Facultad de Derecho hacia finales del Siglo pasado, el Doctor Rafael Vaggione, solía afirmar que cada universitario le debía a su Casa de estudios superiores: su formación intelectual y académica, el amor y la úlcera.

Con excepción del último tresijo que no aspiro a reclamar, debo a la Universidad y al Instituto mi formación disciplinar y también el amor de mi vida, a quien encontré en unas jornadas celebradas aquí mismo en Córdoba del Tucumán,  en medio de una huelga feroz de ferroviarios que atrasó su inauguración, sin opacar la lozanía de las sesiones que organizaba Pedro Yanzi con empeñosa tozudez, dispuesto a que Córdoba luciera impecable el encanto de su clima apacible y la dulzura de una  ciudad enclavada entre las sierras.

Fue una hueste expedicionaria organizada por Eduardo en 1984 que con su arrolladora simpatía y su don natural de mando nos convocó a todos y nos subió a unos vagones en Plaza Constitución a don Ricardo Zorraquin Becu, a Mariluz Urquijo, Daisy, Víctor Tau, Clarita Palacio con las mellizas Adela y Paula, una de ellas con la pierna enyesada por una mala maniobra jugando un partido de hockey, José Maria Diaz Couselo y Anita, Alberto David Leiva, Raquelita Bisio y a mí, después de una larga espera en los andenes oscuros y sucios, donde durante varias horas aguardamos el embarque, sentados sobre nuestras valijas, muertos de hambre y de risa.

Pero a la mañana siguiente, después de la noche pasada en el tren ya había salido el sol y la República de Córdoba lucia bellísima en un magnífico Congreso de Historia del Derecho celebrado en la Casa del Obispo Mercadillo, frente a la Plaza Mayor, donde conocí a Pedro.

Y nuestros respectivos Directores de Tesis, los Doctores Eduardo Martiré y Roberto Betin Peña armaron y apadrinaron nuestro casamiento en un tiempo muy feliz para nuestra disciplina, porque don Ismael Sánchez Bella había descubierto con una tenacidad de náufrago, en la Biblioteca de la Casa de los Duques del Infantado los manuscritos de don Antonio de León Pinelo sobre la Recopilación de las Leyes de los Reynos de Indias que pertenecieron al navarro Juan de Palafox y Mendoza y que habían acompañado al ilustre Obispo en su periplo indiano hasta Puebla de los Ángeles y luego regresado con él a la metrópoli, cuando fue designado Obispo de Osma, un viaje de ida y vuelta a las Indias cuya obstinada perseverancia había logrado demostrar por fin, sin atisbo de duda, quien había sido el verdadero autor de la Recopilación Indiana.

Por entonces Don Ismael me había escrito una bellísima carta manuscrita donde me dibujaba lo que a su juicio era un traje de novia ideal, con un larguísimo velo que el porteño calor de diciembre me convenció a desechar y el Padre Jose Reig Satorres nos enviaba desde la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil su cariñosa bendición y una edición preciosa del Itinerario para párrocos de indios en que se tratan las materias más particulares tocantes a ellos para su buena administración del padre Alonso de la Peña Montenegro.

Cuando nació nuestra primera hija María Cecilia del Valle, Eduardo Martire y Ricardo Zorraquín Becu, entonces Director del Instituto de Investigaciones de Historia de Derecho y Presidente de la Academia Nacional de la Historia viajaron a Córdoba para acompañarnos y conocerla.

Estando todavía internada, apenitas lo llamé a Eduardo y le conté que había nacido nuestra bebita, Clarita salió corriendo a comprarle a Cecilia unos preciosos ángeles pintados y Eduardo y Don Ricardo llegaron al Hospital en el vuelo de la tarde, antes que mi mamá.

Este es uno de los recuerdos más preciados que atesoro.

Cada vez que lo evoco, me emociono. 

Rápidamente en esos días organizamos el bautismo de Ceci en la casa de mi suegra, para compartir los momentos exquisitos y entrañables de dos eminentísimos profesores que habían hecho un hueco en sus ocupadísimas agendas para viajar 700 kilómetros y conocer a nuestra bebé.

Luego nacerían mis otros hijos Meghann, Pedro Patricio y Marcelita y en medio de estos afanes, mientras construíamos nuestra casa en el Cerro de las Rosas, entre pañales y mamaderas, las clases y los Seminarios en la Facultad e informes periódicos al Conicet, había que darse tiempo para participar en múltiples Congresos, Seminarios y Simposios, organizar y sostener el trabajo del Instituto de Historia del Derecho y de las Ideas Políticas, creado en el amable escenario de la Academia Nacional e Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba, luego del cierre de los Institutos de Investigación Científica de la Facultad operado en 1985 y también intervenir con ánimo sereno y firme en las luchas académicas que se multiplicaban en la Universidad con la habitual ferocidad de los entresijos universitarios, donde continuos proyectos de renovación curricular amenazaban privar a la planificación de la enseñanza del Derecho, de los estudios históricos jurídicos. 

Había pues que integrar los Consejos Directivos y participar activamente en todas las Comisiones de discusión curricular. 

No había otro camino. 

Decidimos asumirlo.

Eran tiempos de muchísimo trabajo, de empeños, de logros y de metas compartidas, de organizar, planificar llevar adelante y sostener el trabajo cotidiano de toda la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba pues Pedro fue elegido ininterrumpidamente Decano desde 1997 a 2018.

Eduardo nos acompañaba en todas estas luchas, viajaba a Córdoba con Clarita, se instalaba en el Hotel Windsor a cuadra y media de la Universidad y pasaba todos los días con nosotros.

Cuando la Universidad Nacional de Cordoba lo designó Doctor Honoris Causa, hicimos una fiesta especial y Eduardo viajó con Clarita Palacio y con todos sus hijos José, Claritita, las mellis Adela y Paula, Anita, Dolores, Hernán y Sofia.

La orquesta de Cámara de la Universidad tocó Adiós Nonino de Piazolla y un joven tenor que era uno de nuestros egresados más brillantes, cantó con toda el alma El sueño imposible de El Hombre de la Mancha:

Soñar lo imposible soñar.

Vencer al invicto rival.

Sufrir el dolor insufrible,

Morir por un noble ideal.

Saber enmendar el error.

Amar con pureza y bondad.

Querer. En un sueño imposible,

Con fe una estrella alcanzar.

El discurso de Eduardo pronunciado en el más bello Paraninfo de las universidades indianas, nuestro Salón de Grados del Siglo XVII, en la antigua Capilla de los Españoles fue un homenaje a Córdoba y fue saludado con una tempestad de aplausos. Tres días después lo recibía el Gobernador.

Durante largos años acudir a los periódicas Jornadas de Historia del Derecho Argentino y a los Congresos del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano que el mismo había fundado junto a Alfonso García Gallo, Alamiro de Ávila Martel, Ricardo Zorraquin Becu y Víctor Tau Anzoátegui sumando distinguidos indianistas americanos y europeos en 1966, y que presidiera entre los años 2003 a 2012, significaba reunirse con los Maestros de la disciplina, disfrutar de su ternura y su consejo y también con entrañables amigos y colegas y alentar y animar a presentarse a jóvenes ilusionados y promisorios que hoy ocupan destacados espacios en el cultivo disciplinar. Eduardo organizaba estos Congresos con una dedicación total y un entusiasmo desbordante, sumaba a su familia, hoy de ocho hijos, treinta y dos nietos y nueve bisnietos, invitaba a su casa en CUBA a divertidos asados que se prolongaban desde el mediodía hasta el anochecer, todas sus seis hijas participaban como secretarias y asistentes de organización, Claritita se llevó las palmas en el Congreso de Buenos Aires de 1983.

Alguna vez nos convertimos con Pedro en los organizadores de estas Jornadas y Congresos aquí en nuestra Córdoba, y tratamos de recibir con calidez y afecto a nuestros profesores y amigos, renovando y manteniendo ese espíritu de estima y cordialidad que convierte el trabajo intelectual en un espacio de fecunda armonía creadora.

Fue autor de una vasta obra que recorre los tiempos indianos y patrios con pluma original y precisa: su precioso “Manual de Historia de las Instituciones Argentinas”, en colaboración con Víctor Tau Anzoátegui, con múltiples reediciones; “Dos Lecciones de Historia del Derecho Argentino”; “El Código Carolino de Ordenanzas Reales para las minas de Potosí y demás Provincias Del Río de la Plata de Pedro Vicente Cañete (1794)”; “Consideraciones Metodológicas sobre la Historia del Derecho”; “Guion sobre el proceso recopilador de las Leyes de las Indias”; Historia del Derecho Minero Argentino”; Los Regentes de Buenos Aires. La Reforma Judicial Indiana de 1776”; “Estudio Preliminar En: Jorge Escobedo, Manifiesto de las razones en que está fundado cada uno de los artículos de la Nueva Ordenanza de Intendentes de Indias (1802)”” La Lección de Groussac”; “La Constitución de Bayona entre España y América”; “1808. Ensayo Histórico Jurídico sobre la clave de la Emancipación de América Española”; “Las Audiencias y la administración de justicia en las Indias”; “La Monarquía Militar en América (Siglo XVIII)”.

Además, Eduardo escribió para Córdoba una lección, la lección de un Maestro a sus discípulos cordobeses a los que siempre visitaba, guiaba y orientaba en múltiples aspectos con amorosa dedicación. Es su “Fernando VII y la América Revolucionaria (1814-1833) “extranjeros en su tierra”, donde estudia con pasión esos tiempos difíciles del retorno de Fernando al trono español, con la consecuente derogación del régimen constitucional hacia el gobierno absoluto, su eco en el Nuevo Mundo y los complejos itinerarios americanos recorridos durante el trienio liberal y los tiempos de la recuperación del absolutismo monárquico. 

Un libro que condensa y sistematiza todo un extenso trayecto de lecturas críticas de fuentes documentales y bibliográficas, desde sus primeras preocupaciones sobre el tránsito de los Siglos XVIII a XIX tempranamente trazados en “La Constitución de Bayona entre España y América”, Madrid, 2000, a los que se suman: “Proyección del liberalismo gaditano en los países de América”; “Las Indias en la Constitución de Bayona. Un nuevo Derecho Indiano”; “América en los planes napoleónicos”; “La Constitución napoleónica de Bayona en la política de la Junta Central hacia América”; “Los derechos reclamados por los diputados americanos en las Cortes de Bayona (1808)”; “La ineluctable pérdida de los dominios españoles de América”; “El colonialismo napoleónico”; “El antiguo y el nuevo régimen español frente al peligro de la pérdida de los dominios de ultramar”; “Una Constitución Napoleónica para América Española” y que encontrara un preciso modelo de análisis iushistoriográfico en su espléndido: “1808. Ensayo histórico jurídico sobre la clave de la emancipación de América Española” aparecido en el año 2001, fruto de felices estancias que Eduardo llevó a cabo con Clarita en la Universidad Autónoma de Madrid, con Marta Lorente y Carlos Garriga, mientras yo también disfrutaba alguno de esos meses en Madrid con una Beca de la Fundación Carolina y numerosos estudios monográficos publicados a uno y otro lado del Atlántico, que testimonian su interés científico sobre el tema. Su exquisita e irónica veta literaria se impuso en “Los Pavos de la Recoleta” una colección de cuentos cortos sobre pinceladas de lo que había vivido como profesor y como magistrado.

Eduardo fue también un ingenioso y habilísimo gestor. Todos sabemos el enorme esfuerzo que significa llevar a cuestas sobre nuestros hombros el gobierno de la Universidad, los centros, las Academias y los Institutos de investigación científica, 

Cuanto equilibrio y cuanta pasión hay que reunir para conducir estas instituciones en un mundo de adversidades cotidianas.

Pero también cuanta alegría y cuanta esperanza significa y conlleva este precioso trabajo.

Alguien dijo que en todo profesor hay un romántico incurable, pro en todo científico suele haber además un místico escondido. 

Tironeados entre la materia y el infinito, muchos de nosotros acabamos persiguiendo lo imposible. 

Y a veces ocurre que la Humanidad debe esperar siglos para acceder a una simple y sencilla verdad que quizá los alquimistas de la Edad Media aterrados murmuraban en secreto.

Porque la verdad es como el viento, sopla cuando y donde quiere.

Y en algún momento de nuestra vida los fragmentos del pasado llegan y se apoderan del presente, eso es todo

Los historiadores sabemos que llevamos con nosotros la memoria de lo vivido, nuestras huellas, el insoportable peso de nuestras angustias, nuestros fantasmas, nuestros recorridos, nuestros viajes. Los herméticos pliegues de nuestra propia vida.

Si Homero convirtió la nostalgia en mito a través de la figura de Ulises en su larguísima travesía de vuelta a Itaca, a su casa, tendríamos que recordar que toda nuestra vida es un viaje lleno de azares y de despedidas que termina exactamente donde empezó. 

Siempre volvemos a Casa. Toda mi vida he creído que debemos empeñarnos con todas nuestras fuerzas y amor para convertir el lugar de trabajo en un espacio especialmente feliz … porque uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida.

En algún tiempo de la larga historia de la Humanidad que llevamos con nosotros, circularon los palimpsestos.

Los cueros enrollados de pergamino que, en una economía de sobreescritura de sus apretados espacios, había una y otra vez que reescribirlos.

Se borraban las columnas ceñidas de la Teogonía de Hesíodo para que el Rey escribiera sus textos legales. Se raspaban las líneas de Virgilio para que el Papa acumulara sus breves apostólicos. Nuestra propia vida es un palimpsesto, donde no se llega nunca, nunca se llega, solo se marcha. 

Hoy Eduardo está en el cielo. 

Está con Don Ricardo quien le enseñó como ubicar exactamente la nariz en el borde del vaso ancho de cristal para oler y disfrutar del buen whisky, está con Mariluz, quien lo abrazó y lo bendijo con enorme ternura la misma noche en que partió, con Daisy a quien Eduardo y luego Hernán Martire cuidaron amorosamente hasta el final, llevándola al médico, gestionándoles sus remedios, acompañándola, aconsejándola, mimándola y también con dos entrañables amigos cordobeses a quien Eduardo había clasificado como “Cordobeses Universales”, porque para Eduardo Martire los ciudadanos de la República de Córdoba integraban dos categorías: “Los Cordobeses Mediterráneos” o “Los Cordobeses Universales.” 

Y estos Cordobeses Universales eran Betin Peña y Carlos Luque Colombres, ambos Académicos de Derecho y de Historia que vivían en Nueva Córdoba, uno a la vuelta del otro y con quienes Eduardo había compartido larguísimas charlas y exquisitas cenas que preparaba Marta Fábregas de Peña, una cocinera prodigiosa, en el jardín de la casona de la calle Poeta Lugones, repleto de rojísimas flores de lis.

Hoy los cinco amigos están juntos en el cielo, quizá también con el majestuoso Pedro Vicente Cañete, que como alguna vez recordé, había llegado a la casa de los Mariluz en una caja de zapatos, desde un nido fugaz, improvisado en un árbol, donde lo encontraron José y Hernán, los hijos de Eduardo una tarde del verano de 1973, cuando Josemaría escribía el Estudio Preliminar y preparaba la edición del “Syntagma de las resoluciones prácticas cotidianas del Real Patronazgo de las Indias” y Eduardo lo secundaba con la laboriosa redacción de los gruesos tomos de “El Código Carolino de Pedro Vicente Cañete”, obra que mereció el Premio Levene en 1974.

Esta mañana se lo dije a Marta Lorente cuando me llamó desde Madrid con una tristeza infinita, hoy los cinco entrañables amigos están juntos en el cielo.

Hoy hay fiesta en el cielo.

Marcela Aspell.

También te podría gustar...