A 150 años de la Batalla de Curupaytí


A 150 años de la Batalla de Curupaytí

Evocación sobre la Guerra del Paraguay, por Diego A. Soria

Este año se cumplió el sesquicentenario de las batallas más importantes libradas por las fuerzas argentinas en la Guerra del Paraguay y nuestro Ejército la conmemoró con diversos actos.

El  estallido de la guerra sorprendió a nuestro país sin preparación para afrontarla. Paraguay disponía de un ejército diez veces mayor que el argentino. Ese olvido de nuestro gobierno del dicho romano “Si vis pacem para bellum”, hizo que el mariscal Francisco Solano López olvidara a su vez  el consejo que le diera su padre Carlos Antonio al nombrarlo heredero de la presidencia de la república: solucionar los problemas con los vecinos por medio de la pluma y no de la espada. Confiando que la debilidad argentina le permitiría una fácil victoria, fue a la guerra.

El ataque a Corrientes el 13 de mayo de 1865 provocó la Triple Alianza y el general Bartolomé Mitre fue designado comandante en jefe del ejército aliado. Se convocó a la Guardia Nacional de todas las provincias para remontar nuestras fuerzas, pero solo Buenos Aires y Corrientes respondieron con fuertes contingentes. Corrientes  fue invadida por 33.000 paraguayos que comenzaron a marchar hacia el sur y fueron hostilizados por la Guardia Nacional correntino, que dio tiempo para que los aliados movilizaran y concentraran su ejército en Concordia.

La vanguardia aliada penetró en agosto en la provincia de   Corrientes  y tras triunfar en Yatay y Uruguayana, obligaron a  los invasores a evacuar el territorio nacional. En abril de 1866 los aliados penetraron en territorio paraguayo  y el 24 de mayo derrotaron al ejército enemigo en la batalla de Tuyutí, la más grande en la historia de América del Sur.

Comenzó después la campaña del Cuadrilátero, como se llamaba al conjunto de fortificaciones que cerraban el camino a Asunción. Mitre considerable inviable un ataque frontal contra las fortalezas y proponía una acción envolvente sobre el flanco izquierdo enemigo, pero en las juntas de guerra los brasileños impusieron un ataque frontal sobre Curupaytí, que motivó la única derrota importante de los aliados en la guerra. Tras ella se produjo un período de inacción operativa que se prolongó por la revolución de caudillos federales en  Cuyo y el noroeste, que impusieron para sofocarlo,  el envío de numerosas fuerzas del teatro de operaciones.

Vencido el alzamiento, a mediados de 1867 se reanudaron las operaciones con la ejecución de la maniobra que quería Mitre, que llevó a que finalmente los paraguayos evacuaran el Cuadrilátero y ocuparan posicione defensivas más al norte para cerrar el camino a la capital.

A principios de 1868, la muerte del vicepresidente Marcos Paz obligó a Mitre a regresar a Buenos Aires y el mariscal Caxias lo reemplazó en el comando en jefe. Ahora sí el comandante contó con el apoyo irrestricto de los generales y la escuadra brasileña, y los paraguayos sufrieron nuevas derrotas hasta culminar con la destrucción total de su ejército en Lomas Valentinas el 28 de diciembre de 1868. Pocos días después, los brasileños ocuparon y saquearon Asunción, mientras las tropas argentinas acamparon fuera de la ciudad para no contaminarse con el saqueo. En 1869 se ocupó todo el territorio paraguayo, mientras fuerzas móviles brasileñas perseguían al mariscal López que, con un puñado de sus últimas tropas procuraba escapar a Bolivia, pero fue alcanzado y muerto a principios de marzo de 1870.

La guerra permitió a nuestro país recuperar una parte importante del territorio correntino que los paraguayos ocupaban desde décadas atrás. Pero el territorio del Chaco en litigio, con el argumento de que “la victoria no da derechos”, se sometió a un arbitraje que nos fue desfavorable. Los brasileños, en cambio, se apoderaron del territorio que, a su vez, tenían en litigio con sus vecinos.

Mitre recibió críticas por su conducción de las operaciones, en especial por su lentitud y por el fracaso en Curupaytí. Si bien no puede comparárselo con el mariscal Helmuth Moltke o el general Robert Lee, por nombrar a los dos mejores conductores de las guerras de su época, tampoco podemos compararlo con el otro extremo, el mariscal López. Creemos que condujo correctamente las operaciones, pero debió chocar con la mala voluntad de sus aliados brasileños. El mariscal Ferdinand Foch, último generalísimo aliado en la I Guerra Mundial dijo: “Después de comandar una alianza, disminuyó mi admiración por Napoleón”.

Es justo honrar en este sesquicentenario por su coraje, patriotismo y espíritu de sacrificio a los oficiales de carrera, a los humildes soldados tanto de línea como de Guardia Nacional y, muy especialmente a los brillantes jóvenes, mayormente estudiantes, que se incorporaron como voluntarios para improvisarse como oficiales, de los que son arquetipos el capitán Dominguito Sarmiento y el subteniente de 17 años Mariano Grandoli, abanderado del batallón rosarino que, en  vísperas de Curupaytí, escribieron a sus madres despidiéndose  porque presentían su muerte y dejaron un ejemplo a las generaciones futuras.


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