¿Un bienio crucial? Una mirada sobre la independencia en el corredor luso-hispano-criollo


¿Un bienio crucial? Una mirada sobre la independencia en el corredor luso-hispano-criollo

Marcela Ternavasio - UNR/CONICET -

A continuación compartimos la conferencia de incorporación de la académica de número Marcela Ternavasio:  

Señor Presidente, señoras y señores académicos, colegas, amigos;
No puedo sino comenzar agradeciendo a los miembros de la Academia Nacional de la Historia por la distinción que me confieren al invitarme a ser parte de esta institución para ocupar un sitial, el número seis, en el que me precedieron Ángel Justiniano Carranza, Carlos Molina Arrotea, Gregorio Rodríguez, Arturo Capdevila y Edberto Acevedo. Sería redundante recordar aquí el papel que tuvo el primer ocupante de este sitial, fundador junto a Bartolomé Mitre de la Junta de Historia y Numismática Americana, o los aportes que la obra de Gregorio Rodríguez sigue ofreciendo a quienes trabajamos sobre el período revolucionario. En este sentido, mi inmediato predecesor, el Dr. Acevedo, desarrolló una voluminosa obra sobre temas que están dentro del campo de mi trabajo investigativo, en la que se destacan sus estudios sobre temas regionales en el tránsito del período tardo-colonial al posrevolucionario, en especial aquellos libros dedicados a las intendencias de Salta del Tucumán, Alto Perú y Paraguay.
De manera que integrar una institución que, como ésta, cuenta con tan larga tradición, es sin duda un gran desafío para mí. Quiero agradecer especialmente a tres miembros de esta Academia que desde hace mucho tiempo depositaron su confianza en el desarrollo de mi carrera como historiadora: al actual presidente Dr. Roberto Cortes Conde, al Dr. Ezequiel Gallo, y al Dr. Natalio Botana, a quien quiero expresar, además, mi gratitud por tan generosa presentación hoy aquí y por haber seguido de cerca, desde mi tesis de maestría y luego de doctorado, como jurado de ambos tribunales, la trayectoria que fui trazando en mi oficio de historiadora.  
Ingresé a esta profesión hace más de tres décadas, junto con el regreso de la democracia en nuestro país, y a lo largo de estos años se fue consolidando una comunidad historiadora en la que tuve el privilegio de tener grandes compañeros de ruta. Sería imposible mencionar a todos y cada uno de los colegas que me formaron y con quienes compartí y comparto cada una de las estaciones de esta apasionante tarea. Muchos están aquí presentes. Pero no querría dejar de mencionar a Susana Berlmartino que ya no está con nosotros, a José Carlos Chiaramonte que fue mi director de Tesis Doctoral, a Luis Alberto Romero que confió siempre en mi trabajo y me estimuló a convertir mis investigaciones en libros, y a Hilda Sabato que supo enseñarme a pensar la historia política como una aventura no sólo académica sino también intelectual.
En el marco de esa aventura, que implica penetrar en los entresijos de las disputas de poder ocurridas en el pasado, el tema que he elegido para esta presentación regresa, una vez más, sobre el tormentoso proceso revolucionario hispanoamericano. A esta altura cabe preguntarse qué más se puede decir sobre un tema acerca del cual se han ido acumulando reconstrucciones, interpretaciones, debates y polémicas en diversas capas arqueológicas y que en las dos últimas décadas, en el contexto de la creciente profesionalización del campo historiográfico, ha sido tal vez uno de los más visitados y revisados.
Frente a tan apabullante producción, no me propongo exponer aquí nuevos conocimientos, ni revelar documentos desconocidos, ni derribar puertas que ya han sido abiertas. Mi objetivo es más modesto y apunta a presentar una reflexión sobre las periodizaciones y las escalas de análisis en torno a las revoluciones e independencias hispanoamericanas.
Se trata de un asunto que, como sabemos, sigue abriendo debates entre los especialistas. Si observamos dichos debates a la luz del arco bicentenario podemos advertir que en la reciente historiografía política existe una tendencia a desacoplar el fenómeno revolucionario respecto del fenómeno independentista, dotando de autonomía historiográfica a ambos momentos. Este desplazamiento, que significó penetrar en las especificidades propias de cada coyuntura sin que tal autonomía analítica presuponga deslindar ambos fenómenos desde el punto de vista del proceso histórico, revela, sin embargo, una situación asimétrica. La revolución, como acontecimiento, concitó la mayor atención de los especialistas mientras que la reflexión específica sobre la independencia ha tenido menor espacio.
Una asimetría que puede entenderse en una doble dirección: por un lado, por la potencia que siempre tuvo el presupuesto del mito fundacional de la nación que, en el caso argentino, cristalizó la idea de que 1816 estaba necesariamente inscripto en 1810; y por el otro, por la potencia de las historiografías de los procesos revolucionarios que nos precedieron, especialmente de la Revolución Francesa que por mucho tiempo fungió como “modelo” –histórico e historiográfico- a partir del cual se miraron y midieron nuestras revoluciones.
El reciente libro de Natalio Botana, titulado Repúblicas y Monarquías. La encrucijada de la independencia, es un excelente ejemplo del desacople que las nuevas perspectivas de análisis exploran entre revolución e independencia. En este estudio Botana se concentra en el período 1816-1819 para dar nuevas claves de lectura sobre una coyuntura que, por lo general, fue absorbida por la clásica periodización que abarca la llamada década revolucionaria de 1810 a 1820. Si bien inscribe esa secuencia en la crisis abierta en 1808 y recorta su escala de análisis en el cambiante espacio rioplatense, el diálogo que establece con otros escenarios –como el de los Países Bajos y el de las trece colonias angloamericanas– abre nuevos interrogantes sobre la naturaleza específica del fenómeno independentista. El interés de Botana reside, pues, en focalizar los problemas dentro de lo que podríamos llamar un “trienio crucial”, aquel que iniciado con la declaración de la independencia se cierra con la frustrada Constitución de 1819.
Siguiendo, entonces, el desafío que nos interpela a todos los historiadores cuando trazamos periodizaciones, en esta oportunidad me propongo reflexionar acerca de lo que considero un “bienio crucial”, aquel que precedió al trienio estudiado por Natalio Botana y que se inicia con la Restauración de Fernando VII al trono de España en 1814 hasta la invasión lusitana a la Banda Oriental en 1816. La exploración descansa sobre una escala de análisis menos transitada que la clásica de las “revoluciones atlánticas” o la más frecuentada en los últimos años de “revoluciones hispánicas”: a saber, aquella que denominamos iberoamericana y que en este caso se recorta sobre el corredor luso-hispano-criollo del Atlántico Sur. Lo que me propongo es repensar la cuestión de la independencia en sintonía con el desacople historiográfico antes mencionado respecto del fenómeno revolucionario, observando los acontecimientos  desde ese  corredor.
Para ello me voy a detener en el análisis de algunas de las redes políticas y estrategias diplomáticas desplegadas por quienes lideraron planes, en algunos casos para salvar y en otros  para poner fin a la revolución, en los territorios rioplatenses. Aquellas redes tuvieron por protagonistas a múltiples actores: las coronas española y portuguesa, representantes diplomáticos de las distintas potencias,  representantes de los gobiernos revolucionarios, agentes paralelos a la diplomacia oficial y una pléyade de personajes y aventureros que servían a la política de espionaje que todos aplicaban.
Analizar estas redes a partir de los voluminosos corpus documentales consultados en archivos dispersos en España, Portugal, Brasil, Uruguay y Argentina, constituidos principalmente por informes diplomáticos y correspondencia oficial y privada, no significa regresar sobre la tradicional historia diplomática entendida como el estudio de la política internacional desarrollada entre naciones o estados. Sabemos que los inestables cuerpos político-territoriales surgidos en el contexto de las revoluciones hispanoamericanas no se ajustan a un tratamiento de esta naturaleza y que fueron precisamente estas revoluciones las que abrieron zonas grises y nuevos desafíos al derecho internacional y de Gentes. De manera que el enfoque propuesto se concentra en las íntimas conexiones que se fueron tejiendo en las dinámicas políticas internas desplegadas en los distintos escenarios involucrados, en los que coexistieron revolucionarios y antirrevolucionarios en una trama cruzada por posicionamientos cambiantes, intereses contrapuestos dentro de cada uno de  los bloques enfrentados, y estrategias  en las que se combinaron la defensa de principios ideológicos antagónicos con una fuerte dosis de pragmatismo político.
Tulio Halperin Donghi señalaba que en esta coyuntura comenzaban las tentativas de llevar adelante lo que Cavour iba a llamar “la diplomatización de la revolución”. En tal sentido, mi registro de análisis se ubica en el juego recíproco que se entabla entre lo que provisoriamente voy a denominar la “diplomatización de la política” y la “politización de la diplomacia”, en un momento en el que ambos campos –el de la política y el de la diplomacia– se hallaban en plena transformación.
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El cuadro de situación en el punto de partida es muy conocido: poco después de la restauración de Fernando VII al trono se produjo la caída de Montevideo en 1814 en manos de las fuerzas revolucionarias de Buenos Aires que puso fin al dominio español en dicha región. Sin embargo, sabemos que la expulsión de los realistas de la Banda Oriental no pudo poner fin a la guerra entre los mismos rivales que habían disputado en ese terreno desde 1810 –las fuerzas de Artigas versus las del gobierno con sede en la capital–, ni significó la renuncia por parte de España a reconquistarla para avanzar sobre el centro rebelde del cono sur, ni implicó tampoco la renuncia de Portugal  a las viejas apetencias que tenía sobre la región, acrecentadas luego del traslado de la Corte de Braganza a Brasil en 1808. En el complicado tablero del Atlántico Sur parecía jugarse una partida de suma cero: nadie podía ganarla sin la colaboración –o al menos la neutralización– de alguna de las fuerzas en pugna y cualquier avance de alguna de esas fuerzas implicaba el retroceso del resto.
¿Qué nos dicen sobre ese complicado tablero las misiones diplomáticas y los contactos de carácter más informal que tuvieron por epicentro a Río de Janeiro dentro del horizonte más olímpico que trazaba el también complicado tablero europeo signado por el Congreso de Viena y la formación de la Santa Alianza luego de la derrota de Napoleón Bonaparte? Una pregunta que se nutre de numerosos estudios que sería imposible mencionar en esta ocasión como es imposible encontrar una estrategia expositiva que exhiba la simultaneidad e interdependencia de los cursos de acción desplegados en los distintos escenarios.  
Si el guión que continúa fuera cinematográfico, sería más fácil –y seguramente menos tedioso– mostrar los solapamientos espaciales y temporales que incidieron en las cambiantes estrategias de los actores. Y si estuviera presentándolo en un seminario interno de discusión me atrevería a ensayar ejercicios contrafactuales para imaginar en condiciones verosímiles escenarios alternativos del tipo ¿qué hubiera ocurrido si la expedición española al mando de Pablo Morillo hubiera llegado al Río de la Plata en lugar de cambiar su rumbo hacia Venezuela y Nueva Granada?, o ¿qué hubiera ocurrido si la alianza entre España y Portugal sellada desde 1808 se hubiera consolidado militarmente en América para avanzar conjuntamente contra los focos insurgentes?  Como sabemos, los ejercicios contrafactuales nos liberan de la prisión de la necesidad histórica a la vez que nos colocan –al menos a los historiadores– en ese terreno inseguro, peligroso, tantas veces denostado por algunos representantes de la disciplina.
Pero como no soy cineasta ni estoy exponiendo en un seminario interno  trataré de presentar muy brevemente y de manera sucesiva cómo fueron mutando los principales escenarios de esa disputa, teniendo en cuenta, sin embargo, que en esa coyuntura en particular los acontecimientos que no ocurrieron, como los recién mencionados y que hoy podemos clasificar de contrafácticos, jugaron un papel fundamental  a la hora de trazar alianzas y proyecciones sobre el futuro inmediato. Mi objetivo, entonces, es poner en consideración, retomando a Koselleck, los “espacios de experiencia” y los “horizontes de expectativas” en ese tormentoso bienio signado por la revolución y la guerra.
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Primer escenario:  la estrategia dinástica. Una de las primeras estrategias que se puso en marcha desde Río de Janeiro apenas se conoció el regreso de Fernando VII al trono fue el plan del doble enlace dinástico entre las dos princesas de Braganza con sus tíos Borbones, Fernando VII y el infante Carlos María Isidro. En línea con el tradicional orden monárquico y con el clima legitimista que se extendía en Europa, la infanta Carlota Joaquina –esposa del príncipe regente de Portugal y hermana mayor del rey de España– tomó la iniciativa en mayo de 1814. En la primera misiva que la infanta le escribe a Fernando, luego de seis años de silencio, le ofrece alguna de sus hijas para contraer matrimonio, adelantándose a todas las tratativas diplomáticas formales. Según se infiere de la documentación consultada se trató de un plan que comenzó a pergeñarse en el seno del más íntimo círculo carlotista de la península. En enero de 1814, mientras el rey emprendía su regreso a España y mientras las Cortes ordinarias estaban aún vigentes, Tadeo Calomarde le escribía a la princesa informándole de una conversación que había mantenido con Miguel de Lardizábal sobre la posibilidad de que Fernando VII se casara con una de sus hijas.
A primera vista, el acercamiento de las dos coronas –luego de los avatares sufridos en los años precedentes y del cambio de alianzas internacionales ocurrido en 1808– habilitaba a aunar fuerzas en América para enfrentar la tormenta revolucionaria. Para los Braganza, las revoluciones hispanoamericanas amenazaban el frágil equilibrio en el que se hallaba la Corona portuguesa con sede en Brasil, y para España, la alianza matrimonial podía significar un apoyo logístico inestimable a la hora de sofocar las insurgencias.
Los preparativos del doble casamiento se realizaron en el mayor secreto y quedaron en manos de unos pocos agentes acreditados, todos íntimamente vinculados a la infanta Carlota. En mayo de 1816 llegaba finalmente a Río la noticia de la firma de los contratos matrimoniales en Madrid y el 3 de julio las princesas emprendieron el largo viaje por el Atlántico. Las bodas se celebraron con toda pompa en septiembre, pero los festejos estuvieron empañados por los sucesos ocurridos simultáneamente en el Atlántico Sur. El general Lecor avanzaba en esos mismos días al mando de las fuerzas portuguesas sobre la Banda Oriental mientras el Congreso de Tucumán declaraba la independencia de las Provincias Unidas. La estrategia de enlace matrimonial no pacificó las ancestrales competencias y desconfianzas que caracterizaron los vínculos luso-hispanos ni compatibilizó las expectativas contrapuestas con las que cada una de las coronas negoció el doble matrimonio. Menos aún logró constituirse en una base de apoyo unificada para aniquilar política y militarmente la revolución rioplatense.
¿Qué tramas y expectativas cruzadas se tejieron en ese interin, mientras se negociaban secretamente los casamientos dinásticos?
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Segundo escenario: las estrategias revolucionarias. Como sabemos, la situación en el Río de la Plata se vio completamente agitada durante este bienio y la Banda Oriental se convirtió en el epicentro de las convulsiones. La caída de Montevideo en manos de las tropas porteñas en junio de 1814 condujo, por un lado, a muchos miembros del partido realista a emigrar a Río de Janeiro y, por el otro, a confrontar por el dominio de ese territorio a los declarados enemigos dentro del bloque revolucionario. Porteños y artiguistas comenzaron a diseñar estrategias bélicas y también políticas para ganar la partida en la Banda Oriental bajo un doble manto amenazador: la gran expedición española que Fernando VII estaba preparando para enviar –supuestamente– al Río de la Plata al mando del general Morillo y la alianza que unía desde 1808 a España con Portugal.
Cada uno de estos contendientes necesitaba aliados para avanzar en sus objetivos, dada la frágil situación en la que se encontraban. Buenos Aires requería la neutralidad portuguesa para evitar el ingreso y el triunfo de la expedición enviada desde la metrópoli y para ello contaba con el armisticio firmado en 1812 con el príncipe regente en el que ambas partes se comprometían a mantenerse "dentro de los límites” de sus respectivos territorios. Artigas, por su parte, requería apoyos para desalojar a los porteños de la Banda Oriental, ganar tiempo en pos de lograr una pacificación –al menos transitoria– con España que la disuadiera del envío de la temeraria expedición, y evitar el quedar atrapado entre dos fuegos: el de Portugal y el de Buenos Aires.
Entre los últimos meses de 1814 y comienzos de 1815 arribaron diversas misiones a Río de Janeiro: entre ellas la que envió el Directorio con sede en Buenos Aires a cargo de Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia, y la que despachó el lugarteniente de Artigas, Fernando Otorgués, a cargo de José Bonifacio Redruello y José María Caravaca. Los primeros tenían instrucciones de continuar su misión en Europa y de buscar apoyos en la capital carioca para evitar el envío de la expedición española y la colaboración  de Portugal con los rebeldes artiguistas. Para ello se entrevistaron con el plenipotenciario británico en Brasil, Lord Strangford, con el ministro de Estado de Portugal y con el encargado de negocios español. Poco después, y antes de la partida a Europa de Belgrano y Rivadavia, arribó la misión enviada por el Director Supremo, Carlos María de Alvear, a cargo de Manuel José García.
Por otro lado, perseguido por las tropas porteñas, el lugarteniente de Artigas acreditó la misión de Redruello y Caravaca ante el príncipe regente de Portugal en cuyas instrucciones –fechadas en septiembre de 1814– rendían fidelidad y sumisión al Rey Fernando VII. A cambio de manifestar que la provincia oriental era “parte de la Corona española”, le solicitaban a la “Nación generosa cual es la Portuguesa, estrechamente aliada con aquella” se le socorra “a la mayor brevedad” con tropas, armas y municiones para combatir a las fuerzas porteñas y pedían refugio para sus tropas en la frontera sur de Brasil.
En todas sus comunicaciones, Otorgués afirmaba estar autorizado por Artigas para llevar adelante la misión. Por esos mismos días, entre agosto y septiembre, Artigas  desde su Cuartel General  –y cada vez más consolidado en las provincias del litoral rioplatense– estableció contactos con las amistades que tenía en Río Grande, al sur de Brasil, con el objeto de neutralizar a esa provincia en el caso de que se produjera una alianza entre el Directorio de Buenos Aires y el gobierno de Portugal. Les solicitaba bagajes de guerra para enfrentar a los porteños y prometía una amistosa convivencia pacífica entre ambas regiones. Estos contactos se formalizaron en noviembre cuando Artigas envió a su secretario, Miguel Barreiro, en misión ante el gobernador de Río Grande “plenamente autorizado para ajustar las bases de una liga”.
Lo que exhiben las dos misiones orientales es la misma actitud asumida por todos los contendientes, marcada por un fuerte pragmatismo político, por las urgencias y necesidades de la guerra y por posiciones cambiantes según fueran –o imaginaban que eran– las correlaciones de fuerza. En este punto, todos buscaban jugar a varias puntas al mismo tiempo.
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Tercer escenario: las estrategias luso-hispanas  contra-revolucionarias. Con la caída de Montevideo, España requería más que nunca la adhesión de Portugal, ya sea para que la expedición pudiera recalar en el Sur de Brasil y desde allí –con el apoyo logístico de los Braganza– avanzar sobre Montevideo y luego sobre Buenos Aires, o bien para garantizar su neutralidad en caso de que la expedición tuviera otro destino. A ese objetivo se jugó Fernando VII al aceptar la propuesta de su hermana del doble casamiento y también Carlota, que durante estos años se convirtió en la más férrea defensora de los intereses españoles en América y en la más conspicua representante del sector antirrevolucionario y legitimista. Portugal, por su parte, debía defenderse del avance de la ola revolucionaria en Brasil y a la vez buscaba aprovechar la situación de debilidad del resto de los contrincantes para reeditar sus viejos planes de ocupar la Banda Oriental.
A pesar de que Fernando VII designó como agente de negocios de España en Brasil a Andrés Villalba, su misión se vio permanentemente intervenida por la infanta Carlota Joaquina, quien se consideraba la más directa representante de su hermano el rey, haciendo valer su linaje dinástico sin reparar en las reglas y usos de la diplomacia formal. La  labor de zapa de la princesa contra el enviado de la península se exhibe en las recurrentes quejas que expresa en su epistolario con Fernando, donde pedía se lo relevara del cargo, mientras Villalba se lamentaba amargamente ante el gabinete español por esta situación, por no tener instrucciones amplias y precisas y por carecer de la información necesaria acerca de las decisiones que se estaban tomando en España.
Fue así como la princesa protagonizó gestiones, intrigas e iniciativas completamente autómomas respecto de la Corte a la que pertenecía y del propio gabinete español, convirtiéndose en un agente diplomático oficioso y paralelo que alentó alianzas y promovió nuevos conflictos. Entre 1814 y primeros meses de 1815 Carlota y el encargado de negocios español impulsaron diferentes posiciones y estrategias respecto de la situación rioplatense.
Villalba se mostraba cauto, prudente y con una clara consciencia de que los conflictos del Atlántico Sur requerían del arte de la política si se pretendía convencer a los insurgentes de regresar al redil de la Madre Patria, mientras que la infanta y su séquito más cercano, conformado básicamente por emigrados españoles de Montevideo, estaban  dispuestos a reconquistar la plaza a través de un contundente acto de fuerza bélico. El odio que estos últimos cultivaron contra los revolucionarios de Buenos Aires los llevó a convencer a la infanta de que la solución armada que se esperaba con la expedición al mando de Pablo Morillo requería buscar apoyos locales, tanto dentro de la Corte de Braganza como de las fuerzas artiguistas en guerra contra los porteños.
El rechazo de Carlota a que los comisionados porteños fueran recibidos por encumbrados ministros de su Corte y embajadores, y sobre todo por el propio representante de España que hizo caso omiso de esta prohibición, contrasta con su actitud hacia los enviados de Otorgués.  Así, mientras Villalba desconfiaba de la sinceridad que emanaba de las instrucciones de los orientales y se manejaba con cautela –sin descartar esa alianza ocasional–, la infanta Carlota colocó a Redruello y Caracavaca bajo su protección y diseñó su propio plan de apoyo logístico a Artigas frente a la negativa de la Corte de Braganza a intervenir. Para Portugal, el armisticio de 1812 era un gran paraguas tanto para negarse a socorrer a las dispersas fuerzas artiguistas derrotadas y perseguidas por el ejército de Buenos Aires como para argumentar su rechazo a permitir que la expedición española desembarcara y se apoyara en territorio brasileño.
En sus cartas a Fernando VII la infanta insistió hasta el cansancio para inclinar la voluntad del rey a favor de Artigas y Otorgués y en contra de los comisionados porteños. En una misiva fechada en febrero de 1815, cuando las tropas artiguistas habían ya derrotado a las porteñas quedándoles el camino libre hacia Montevideo, Carlota volvía sobre su estrategia y le informaba a su hermano: “Continuo con mi proyecto de atender a Ortogués y Artigas con lo que han pretendido”. Le anunciaba al rey que había decidido, por su cuenta, franquear la fragata Abascal para enviar fusiles, pólvora y auxilios a los jefes orientales pues consideraba que, con este arbitrio, las fuerzas de Buenos Aires “se entretendrán” en la parte oriental, reforzando de este modo el frente realista del interior del Perú al mando de Pezuela”.
Por su parte, la desconfianza del encargado de negocios español hacia los orientales se extendía al gobierno portugués, del que temía les prestara auxilio en secreto. Portugal y España, unidas por una frágil alianza atravesada por mutuas desconfianzas e intrigas, irán mostrando en el escenario carioca que si bien coincidían en el objetivo de liquidar las revoluciones americanas, perseguían intereses y estrategias completamente diferentes.
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Cuarto escenario: la inversión de la correlación de fuerzas en la Banda Oriental. Las atribuladas negociaciones que trabaron las misiones porteñas y orientales en Río de Janeiro cambiaron el rumbo cuando a comienzos de 1815 la Banda Oriental quedó finalmente en la órbita de Artigas y la ciudad de Montevideo fue evacuada por las fuerzas porteñas. Sin embargo, en los tres meses siguientes, las negociaciones continuaron, en gran parte por la confusión generada en el tráfico de noticias, pero también por la ambigüedad y el juego a dos puntas que mantuvo Otorgués –a cargo del gobierno oriental– respecto de lo prometido en la misión Redruello-Caravaca. Una ambigüedad que respondía, básicamente, a mantener la expectativa de ayuda logística de Portugal con miras a la temida  expedición española y al posible contra-ataque de Buenos Aires.
El 31 de marzo Otorgués le escribía a Villalba para informarle de la toma de Montevideo, y luego de reafirmar su lealtad  a Fernando VII le solicitaba al encargado de negocios español mantener las tratativas en secreto, directamente con él,  para no “descubrirse frente a los orientales”. Le prometía así “que si las tropas de su Majestad Católica […] se dirigen a Buenos Aires como es de esperar, contribuirán también ellas a dar un golpe de mano, aquellos crueles revoltosos”. En los primeros días de abril de 1815 Villalba le escribía al Secretario de Estado español, Pedro Ceballos, para expresarle que tenía datos suficientes para desconfiar de Artigas y Otorgués ya que le habían llegado noticias de que se había enarbolado en Montevideo una bandera en la cual “hay un letrero que dice morir por la independencia”. Por esta razón le parecía inoportuno auxiliar a Artigas, pues si en algún momento había parecido conveniente apostar a esa alianza para oponerse a Buenos Aires, ahora los orientales exhibían mucha preponderancia como para, incluso, dominar al gobierno porteño. En tal dirección aconsejaba buscar la adhesión de Alvear, que Villalba presumía era aún el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Finalmente el velo cayó para quien hasta el momento había sido la más férrea defensora de apoyar al artiguismo. A fines de abril de 1815 Carlota le escribía decepcionada a su hermano para informarle que los orientales al mando de Artigas se habían declarado “abiertamente traidores como siempre lo han sido a tu persona”. El reconocimiento del fracaso de la infanta fue un triunfo para Villalba que no tardó en informarle a Ceballos que las noticias justificaban su posición contraria a los auxilios enviados por Carlota entre bambalinas. Sin embargo, el encargado de negocios español no abandonó la alternativa de cooptar la adhesión de los caudillos orientales bajo la presión que significaba el arribo inminente de la expedición de Morillo.
Al mismo tiempo, Otorgués tampoco había abandonado en esos días la posibilidad de recibir los auxilios prometidos por Carlota. En carta a Redruello fechada del 18 de abril, lo felicitaba por el éxito de su misión y le encargaba “muy particularmente active todo lo posible la remisión de los auxilios que me son de suma urgencia”. Pero el 17 de abril, un agente de la infanta le informaba a Redruello –en camino a la Banda Oriental– que se mantuviera en Río Grande y suspendiera los auxilios enviados a Otorgués por la “mala fe” de sus instituyentes. Los pobres comisionados se sintieron engañados y Caravaca, desde Río de Janeiro, le escribía a Otorgués que las noticas llegadas de Montevideo habían consternado a quienes estaban dispuestos a ayudarlos y que él, personalmente, vivía “abochornado” sin atreverse a comparecer delante de nadie.
Lo que quedaba claro hasta aquí era el complicado tablero del Atlántico Sur, atravesado por intereses contrapuestos que imposibilitaba a los contrincantes negociar una alianza contra un enemigo común. Buenos Aires no pudo ligarse a las fuerzas de Artigas contra España, y tampoco pudieron hacerlo España y Portugal en contra de los revolucionarios de ambas márgenes del Plata. Los entrelazamientos y disputas entre los contendientes de ambos bloques –y dentro mismo de cada uno de los contendientes– variaban vertiginosamente y, según anuncié al comienzo, todo parecía indicar que en ese tablero se jugaba una partida de suma cero.
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Quinto escenario: dos expediciones que cambiaron los rumbos del Atlántico Sur. La falta de noticias fidedignas acerca del arribo de la expedición al mando de Pablo Morillo comenzó a despertar dudas para quienes diseñaban las posibles alianzas locales. Villalba desesperaba por el silencio y secretismo de la metrópoli y por la disminuida  posición en la que se hallaba. A mediados de 1815, dos meses después de que la expedición de Morillo había desembarcado en territorio venezolano, en Río de Janeiro había rumores del sorpresivo cambio de rumbo. Carlota se lo expresaba a su hermano, con pesadumbre y desilusión, en una carta del 20 de junio de 1815: “tu expedición absolutamente necesaria no aparece, y estoy persuadida, por tener noticia de haber salido de Cádiz el 16 de febrero, que la hayas dirigido por la otra América, tanto por tener anuncios de esta resolución como porque en este tiempo ya debería haber algunos indicios por acá”.
Los avatares sobre este cambio de rumbo han sido objeto de diversos estudios e hipótesis. Lo cierto es que, más allá de los debates en torno a las razones y fechas de esta decisión tomada en el más hermético secreto, el simulacro montado hasta último momento sobre su destino al Río de la Plata no sólo revela el objetivo claro de desorientar a los grupos revolucionarios sino también la desconfianza de España hacia su vecina aliada. Así lo testimonia la misión española de José de Salázar, explorada en detalle el Dr. Miguel Ángel de Marco en José María Salazar y la marina contrarrevolucionaria en el Plata, que zarpó a fines de 1814 hacia Río de Janeiro para sondear los planes lusitanos sobre la Banda Oriental, sin que el comisionado ni el encargado de negocios español en tierra carioca sospecharan que ya estaba decidido el cambio de rumbo de la expedición hacia Tierra Firme. Esta desconfianza, sin embargo, no alcanzó para prever la movida que Portugal estaba dispuesta a hacer cuando las princesas de Braganza se aprontaban a iniciar su viaje transatlántico para concretar las bodas con sus tíos.
En mayo de 1816 Carlota le escribía reservadamente a su hermano para advertirle sobre los planes que podía percibir en la Corte de Braganza de avanzar sobre la Banda Oriental. Sin duda que la infanta estaba informada a través de su séquito cercano  sobre las ocultas intenciones de la Corte de Braganza y los movimientos de tropas en la frontera. Cuando la invasión lusa al mando del general Lecor era ya inminente, la infanta le informaba al rey en carta reservada fechada el 3 de junio de 1816 que las tropas portuguesas estaban a punto de partir con el indudable destino de tomar posesión de la Banda Oriental. En esa misiva Carlota le expresa sus dudas a Fernando sobre si dicha expedición tenía su anuencia y aprobación. La duda que expresaba  Carlota era la misma de Villalba, según revela éste en sus informes posteriores con el gabinete español: nadie podía dar crédito a que Portugal invadiera territorio considerado español mientras estaban prontas a partir las princesas a sus bodas con sus tíos Borbones, si no era porque mediaba un tratado secreto entre ambas potencias para, finalmente, atacar de manera conjunta a los centros revolucionarios rioplatenses mientras Morillo hacía lo suyo en el norte. João VI había sido deliberadamente ambiguo con su esposa y con Villalba para hacer sospechar de un entendimiento secreto y para no dejar al descubierto que el verdadero objetivo de la Corte portuguesa al apoyar los enlaces dinásticos escondía la intención de acallar –o al menos de atenuar– los reclamos que Fernando elevaría por la ocupación de la Banda Oriental.
Pero lo más sorprendente es lo desprevenidos que estaban el gabinete español y el propio rey. Las princesas ya habían partido desde Río de Janeiro y recién a mediados de agosto el gobierno de Fernando tomaba conocimiento de lo que estaba ocurriendo al otro lado del Atlántico. El ministro de Estado, Ceballos, que había permanecido excluido de las secretas negociaciones matrimoniales con los Braganza,  reunió al Consejo de Estado y propuso deshacer los contratos matrimoniales, devolver a las princesas a su tierra carioca y, entre tanto, encerrarlas en un convento apenas desembarcaran en la península.
Nada de lo propuesto por Ceballos ocurrió. Las princesas arribaron pocos días después, celebraron sus bodas, y el ministro de Estado fue al poco tiempo relevado de su puesto para ser designado como embajador en Viena y reemplazado en el cargo por el diplomático de carrera García de León y Pizarro, temas todos que ha abordado en detalle el Dr. Eduardo Martiré en su reciente libro sobre Fernando VII y la América revolucionaria.
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Sexto escenario: la independencia. La invasión portuguesa conmovió las bases del inestable escenario rioplatense. En los mismos días en que las tropas de Lecor avanzaban hacia Montevideo y las princesas cruzaban el Atlántico, las Provincias Unidas declaraban su  independencia de la metrópoli el 9 de julio.
Dos meses después, el Congreso Constituyente, que ya había proclamado “fin a la revolución, principio al orden”, proyectó una misión secreta a Río de Janeiro que estaría a cargo de Miguel de Irigoyen. En las instrucciones reservadas para esta misión, que se discutieron en sesiones secretas, se encomendaba que “la base principal de toda negociación será la libertad e independencia de las provincias representadas en el congreso” y que  se expondrá en la Corte de Braganza que “a pesar de la exaltación de ideas democráticas que se ha experimentado en toda la revolución, el Congreso, la parte más sana e ilustrada de los Pueblos, y aún el común de éstos están dispuestos a un sistema monárquico constitucional o moderado bajo las bases de la constitución inglesa acomodados al estado y circunstancias de estos pueblos”. A tal efecto el comisionado debía persuadir al Gabinete de Brasil en declararse “Protector de la libertad e independencia de estas provincias restableciendo la casa de los Incas y enlazándola con la de Braganza, sobre el principio por una parte de que unidos ambos estados se aumentará sobremanera el peso de este continente hasta poder contrabalancear el del Viejo Mundo”. Se entrelazaba así el plan de una dinastía incaica, expuesto por Belgrano ante el Congreso tres días antes de declarar la independencia, con el enlace con un Braganza, una propuesta de larga data reactualizada en aquel contexto. Si esta proposición fuera rechazada, el comisionado debía proponer “la coronación de un infante de Brasil en estas provincias, o la de cualquier otro infante extranjero, con tal que no sea de España, para que enlazándose con alguna de las infantas del Brasil gobierne este país bajo una constitución que deberá presentar el Congreso”. Las instrucciones eran claras al rechazar cualquier propuesta de incorporar las provincias rioplatenses al Brasil y se dejaba para Portugal el encargo de allanar la aceptación  de este plan dinástico por parte de la Corte de Madrid.
Al mismo tiempo, José Manuel García, que había sido comisionado a Brasil en 1815, permanecía  en Río de Janeiro promoviendo la íntima alianza y protección de Portugal para superar el doble foco de conflicto que experimentaba el gobierno con sede en Buenos Aires: el que provenía de la amenaza de una expedición española y el que representaba Artigas con la disidencia del Litoral. Apoyar la ocupación portuguesa de la Banda Oriental era para este enviado una estrategia de mejor sobrevivencia de la independencia rioplatense, resignando el territorio oriental y promoviendo posibles enlaces dinásticos con los Braganza para instalar una monarquía constitucional en el Plata.
No es extraña, pues, la lectura que en ese contexto hicieron algunos embajadores instalados en Río de Janeiro sobre las tratativas que García desplegaba allí: para el plenipotenciario francés en Brasil, Maler, la declaración de la independencia del 9 de julio de 1816, en el preciso momento en que las fuerzas de Lecor avanzaban hacia Montevideo, había sido el primer paso de un plan para incorporar estas provincias al Imperio portugués.
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Séptimo escenario: el tablero europeo. Además de modificar el tablero rioplatense, la invasión lusa impactó significativamente en el escenario europeo. A la perplejidad que exhibieron los españoles por lo ocurrido, le continuaron los reclamos y las negociaciones desplegadas a ambos lados del Atlántico. El ministro Villalba fue instruido del asunto para pedir explicaciones a Portugal, aclarándole desde la península que se desconocían los preparativos lusitanos y que no había mediado ningún acuerdo secreto. El argumento de João VI de estar protegiendo sus fronteras y los intereses de la Corona española al enfrentar a los revolucionarios artiguistas y ocupar con carácter de “depósito” la provincia oriental no convenció a Fernando VII, cuyo gabinete elevó los reclamos pertinentes frente a las otras potencias europeas.
El acontecimiento conmovió las bases del equilibrio europeo pergeñado en Viena. La Corte bragantina parecía estar cada vez más inclinada por una política específicamente americana. En 1815 Brasil fue elevado a la condición de Reino y los portugueses de la península se mostraron inquietos por esta política que postergaba el regreso de los reyes a su tradicional sede en Lisboa. También inquietaba a las principales potencias, especialmente a Gran Bretaña, la renuencia de João VI a abandonar Brasil. En el marco de recomposición de las monarquías en el Viejo Mundo, Portugal se sentía más libre que en el pasado. Su lejanía del escenario europeo y el pretexto de estar rodeada de la amenaza revolucionaria hispanoamericana en el marco del clima reaccionario de la Restauración le permitía compensar la debilidad que había experimentado siempre en Europa. Los lusos ganaban así mayor autonomía respecto de Gran Bretaña que –desde el siglo XVIII y especialmente después de custodiar el traslado de la Corte desde Lisboa a Brasil– venía ejerciendo una suerte de protectorado sobre Portugal, y podían buscar nuevos aliados para lanzarse a una empresa que, como la de la Banda Oriental, los consolidaba en su política americana.
Por su parte, Gran Bretaña, aliada de España y Portugal, decidida a no intervenir en los asuntos americanos, pero abocada a sostener el libre comercio, representará el papel de árbitro en pos de defender sus intereses y de mantener el inestable equilibrio europeo y de sus dominios en el Nuevo Mundo. De manera que el avance inconsulto portugués no sólo desató las tensiones entre las dos monarquías ibéricas sino que obtuvo la oposición de toda Europa. Sin embargo, esta oposición derivó en dilatadas negociaciones sin resultados a la vista. Aún cuando la cuestión oriental ponía en jaque el equilibrio europeo, las potencias no lograban definir una política homogénea frente a la cuestión americana.  Esto último se debió, en gran parte, a la obstinada oposición de Fernando a aceptar las mediaciones ensayadas en esos años como al gradual desinterés de las potencias europeas hacia las revoluciones hispanoamericanas al considerarlas un asunto propio de España. Gran Bretaña, por cierto, contribuyó mucho a esta política.
Sin duda que se trataba de un tablero político imposible. Río de Janeiro se convirtió, en ese contexto, en una suerte de Viena de los Trópicos y se erigió en una cuña europea en América por la presencia allí de la Corte de Braganza y por ser el único lugar acreditado para alojar a los embajadores de las diversas potencias en el nuevo concierto creado por la derrota de Napoleón. Pero fue también una cuña americana en Europa por albergar a diferentes contendientes de la disputa entre España y sus colonias y porque los ejércitos lusos estuvieron siempre dispuestos a intervenir para expandir y consolidar su imperio, en contraposición al equilibrio que pretendían imponer las potencias vencedoras de Bonaparte. 
En ese intrincado escenario, las legaciones extranjeras en Río y las misiones enviadas desde los dos bloques revolucionarios a Brasil ponen en evidencia los desafíos que enfrentaba una diplomacia para la que no existían precedentes de esta naturaleza. A diferencia del caso norteamericano que derivó muy rápidamente en el reconocimiento de su independencia por parte de Inglaterra en 1782, sin que esto hubiera fundado una doctrina  de derecho internacional acerca del reconocimiento de nuevos estados soberanos, estamos aquí ante una situación excepcional. En primer lugar porque las misiones enviadas desde Buenos Aires o desde el bloque artiguista no tienen definido un estatus soberano independiente, pero peticionan o reclaman en nombre de sus gobiernos o ejércitos. En segundo lugar, porque a diferencia de 1782, las potencias europeas se encuentran ahora aliadas en un bloque que, más allá de las diferencias que lo atraviesan, pretenden recomponer las monarquías e instaurar el legitimismo arrasados por la Revolución Francesa y la expansión napoleónica. Y en tercer lugar porque el desdoblamiento bioceánico de Portugal enfrentó a las potencias europeas representadas en la Viena de los Trópicos a un escenario extraño: por un lado, experimentaban el cambio que estaba ocurriendo en Europa ante el procedimiento inédito que implicó la celebración de congresos periódicos de soberanos europeos que venía a reemplazar a la vieja diplomacia bilateral, y por el otro, a ver alternar embajadores acreditados, comisionados improvisados de los gobiernos revolucionarios y una suerte de diplomacia paralela encarnada por la hermana de Fernando VII y los personajes que la rodeaban.
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Para ir cerrando entonces esta exposición, y puesto que todos sabemos de sobra cómo continuó el proceso aquí relatado y cómo siguieron variando los escenarios, quiero regresar sobre el planteo inicial en torno a las periodizaciones. ¿Por qué postulo que el de 1814-1816 fue un “bienio crucial”?
Si lo miramos en perspectiva se podría afirmar que, desde el punto de vista historiográfico, presenta rasgos comparables con el “otro bienio crucial” de 1808-1810 postulado hace ya más de 25 años por François Xavier Guerra.  En primer lugar, porque ambos permiten observar a escala imperial los múltiples proyectos y alternativas que se abrieron en sus respectivos puntos de partida –la crisis de la monarquía española y la Restauración de Fernando VII al trono– sin que se vislumbrara una salida claramente definida ante el repentino cambio de los escenarios internacionales; en segundo lugar, porque en ambas coyunturas los cursos de acción emprendidos sólo adquieren inteligibilidad si los exploramos en sus múltiples y simultáneos escenarios poniendo en consideración enfoques metodológicos que actualmente asumen diversos nombres y perspectivas, como el de historias conectadas, cruzadas, globales o transnacionales. Como ha destacado Hernán Otero al reflexionar sobre estos enfoques, no se trata de descubrir como le ocurrió al célebre personaje de Moliere que hablaba en prosa sin saberlo; se trata, en todo caso, de extraer del punto de vista que toma distancia de la dimensión más endógena o local del proceso aquellos puntos de inflexión que nos permiten mirar el entrelazamiento y la interdependencia de las estrategias políticas posibles en momentos en los que todos los actores en juego se perciben seriamente amenazados por fuerzas que parecen indetenibles. En tercer lugar, porque en el marco de la profunda incertidumbre que comparten ambos bienios respecto del futuro inmediato se erigen en excelentes observatorios para analizar la dimensión contingente de los sucesos a la luz de su “sentido propio” y no de lo que vino después formando una “historia de efectos” que, para los actores, estaba lejos de avizorarse.
Desde esta perspectiva, si observamos los  dos bienios mencionados en el marco de la escala aquí trabajada del corredor luso-hispano-criollo se podría afirmar que entre 1808 y 1810 se elaboraron en ese corredor diversas estrategias tendientes a evitar la amenaza latente de una revolución mientras que entre 1814 y 1816, con la revolución en marcha, los actores diseñaron estrategias para evitar las independencias en el caso de los antirevolucionarios y para sobrevivir, negociar o encontrar fórmulas de muy diverso formato en el caso de los revolucionarios.  A esa altura, el éxito o fracaso de cada uno de estos divididos bloques dependía, más que nunca, del derrotero bélico y por lo tanto de las correlaciones de fuerza en ese terreno y, en su correlato,  el terreno diplomático.
Si despojamos, entonces, el análisis de las negociaciones diplomáticas de esta corta coyuntura de dos claves interpretativas clásicas, a saber, de la que se inscribe en una hermenéutica de la necesidad histórica y de la que evaluó como traición o simulación los cursos de acción emprendidos por los protagonistas de tales gestiones es posible tener un cuadro de situación más ajustado.
En ese cuadro no estaba claro para nadie que las revoluciones en marcha conducirían indefectiblemente a las independencias. Cuando los representantes del Congreso de Tucumán declararon en julio de 1816 la independencia de las Provincias Unidas con el objetivo de dotar a la guerra librada desde hacía seis años de un estatus jurídico fundamental para continuarla en territorios lejanos, sabían que esa escueta página escrita en papel podía ser sólo eso, una proclama que, por ser la primera en el nuevo contexto de la Restauración y expansión del legitimismo en Europa, podía correr el riesgo de ser borrada de la memoria histórica. 
Si recién a partir de allí se decidió apoyar definitivamente la estrategia sanmartiniana  de reorientar las operaciones militares rioplatenses hacia el Pacífico y resignar la Banda Oriental ante el poderoso ejército imperial portugués, el panorama que presenta el punto de llegada de este bienio en 1816 parece replicar el del punto de llegada del bienio postulado por François X. Guerra en 1810. En ambos casos todos parecían percibir lo que  Hannah Arendt destacó en su clásico libro sobre las revoluciones modernas de fines del siglo XVIII: “Antes de que se enrolasen en lo que resultó ser una revolución, ninguno de sus actores tenían ni la más ligera idea de lo que iba a ser la trama del nuevo drama a representar. Sin embargo, desde el momento en que las revoluciones habían iniciado su marcha y mucho antes que aquellos que estaban comprometidos en ellas pudiesen saber si su empresa terminaría en la victoria o en el desastre, la novedad de la empresa y el sentido íntimo de su trama se pusieron de manifiesto tanto a sus actores como a los espectadores. En lo que se refiere a su trama se trataba incuestionablemente de la entrada en escena de la libertad”.
La metáfora teatral a la que acude Arendt para subrayar la dosis de contingencia a la que estuvieron sometidos los procesos aquí analizados pone en primer plano –continuando con la metáfora– el desarrollo de una obra cuya trama  se desplegaba en escenarios simultáneos y cuyo guión se iba construyendo sobre la marcha con una fuerte dosis de improvisación. Un guión que se fue nutriendo de los íntimos entrelazamientos que exhibían los movimientos ocurridos en esos lejanos escenarios y que para sus actores y espectadores dejaba un final abierto.
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En ese final abierto lo que los actores seguramente podían percibir es lo que nosotros, como historiadores, podemos interpretar y conceptualizar: que estamos, como ha demostrado Koselleck, ante un tiempo histórico nuevo en el que los “horizontes de expectativas” se están alejando cada vez más de los “espacios de experiencia” conocidos. En la aceleración que ese tiempo exhibe, los actores comprometidos con la novedosa expectativa abierta por la revolución no tienen una reserva de experiencia que les haga previsible un pronóstico exitoso de independencia y exploran en ese extraño mundo de las negociaciones diplomáticas un futuro que en 1816 se presentaba demasiado sombrío. Por su parte, los actores comprometidos con liquidar las revoluciones procuraban avanzar con una reserva de experiencia que les hacía pensar en un horizonte de expectativa que miraba más al pasado que al futuro, como expresa la estrategia dinástica desplegada durante el bienio entre la Casa de Braganza y la Casa de Borbón.
Las oscilaciones entre el escepticismo y el optimismo de unos y otros se manifestaron,  entre otros escenarios, en aquellas reuniones secretas y públicas que por lo general estaban acompañadas de grandes recepciones y fiestas, como las realizadas en Viena o París y que se replicaban en la Viena de los trópicos, aunque con más modestia y en reducida escala.  Recepciones y fiestas a las que, por lo general, no tenían acceso nuestros improvisados enviados criollos al extranjero, cuyas empresas en solitario estuvieron lejos de compartir el esplendor de una representación reconocida por sus comitentes. Las primeras misiones americanas recibían a veces el desprecio y casi siempre la indiferencia de las Cortes en las que con mucha suerte podían ser acogidas en audiencia pública.
Muchas de las negociaciones llevadas a cabo en esos pomposos escenarios parecen replicar lo que Alexander Sokurov quiso transmitir en la última escena de su película, El Arca Rusa: al recrear el último gran baile real celebrado en honor al zar Nicolás II, poco antes de la revolución bolchevique, el cineasta expresa la ceguera histórica de aquella aristocracia dichosa que no percibía estar de pie en arenas movedizas.
Pero más allá de poner a prueba si la imagen de la ceguera es adecuada para interpretar las representaciones de aquellos que creían posible retornar al mundo prerevolucionario –y en esa imagen Fernando VII sería el rey del planeta de los ciegos– me interesa descubrir cómo unos y otros imaginaban su presente y el futuro inmediato en un escenario global  que se transformaba vertiginosamente; cómo en esa vorágine unos y otros decodificaban los crípticos lenguajes protocolares de la diplomacia para adaptar sus estrategias políticas; cómo unos y otros convivían con las ilusiones y los límites que les presentaba el nuevo horizonte; cómo unos y otros proyectaban dar cumplimiento a decisiones tomadas en esos estrechos círculos de personajes y que involucraban a sociedades enteras que padecían en carne y hueso sus consecuencias.
En suma, me interesa interrogar en el doble juego entablado en esta etapa entre diplomatización de la política y politización de la diplomacia cómo esas representaciones incidieron en los cursos de acción en campos de fuerza habitados por actores que conjeturaban y especulaban con acontecimientos que hoy sabemos no ocurrieron, pero que colaboraron a diseñar sus estrategias en un mundo que, a diferencia del pasado, experimentaba ahora un inédito  proceso de revolución,  politización y movilización guerrera.
 
 


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