Mitos y falsedades en los orígenes de la integración latinoamericana


Mitos y falsedades en los orígenes de la integración latinoamericana

Por Carlos Malamud

El tema que presento, “Mitos y falsedades en los orígenes de la integración latinoamericana”, se centra en la integración regional pero no analiza su desarrollo histórico ni profundiza en sus instituciones ni valora sus éxitos y fracasos. Solo atiende a sus mitos fundacionales, pretendiendo ver en qué medida descansan en causas reales o son producto de falsificaciones guiadas por intereses políticos o ideológicos, aunque con notorio respaldo académico. Dicho de otra manera, ¿es posible afirmar que Bolívar fue el gran precursor de la integración latinoamericana?, ¿o que Miranda, Bello, Martí o Sandino, otros nombres destacados de la historia regional, son piezas esenciales en la línea que va de la independencia a Hugo Chávez?
Mi premisa es que no se puede asociar la unidad hispanoamericana posterior a la emancipación con la integración regional. Sus líderes buscaban unir a las nuevas naciones, a escala regional o continental, con fines defensivos y para emanciparse, pero ignoraban qué era la integración regional. No existía tal teoría, ni el concepto aparece en los textos de la época. Esos mismos líderes, comenzando por Bolívar, solo pretendían recomponer la unidad del Imperio español rota por la independencia.
La aureola que rodea a Bolívar y ha servido para resaltar su rol precursor en la integración emana de sus triunfos militares y de su aporte a la independencia. Pero, como señaló Zeuske, el Libertador "ganó la guerra, seguro de sus conocimientos íntimos de la modernidad local de América, pero fracasó, como Miranda, en la soñada revolución continental".
 
Mi discurso se mueve entre dos planos temporales: el tiempo en que ocurrieron los hechos y el pasado más próximo, cuando se acuñó su utilización política y propagandística. Al vincular historia y discurso integracionista aludo a dos temas distintos. Uno, su uso y manipulación para presentar a Bolívar como impulsor y protagonista de la integración y justificar posturas políticas, vinculadas a la “Patria grande”. El otro, su utilidad para explicar las dificultades que impiden avanzar en la integración.
Un actor omnipresente en este recorrido es el nacionalismo, estrechamente vinculado a la formación de las nuevas repúblicas y clave para entender el rechazo a ceder cuotas de soberanía en instituciones supranacionales, un freno a la integración regional. Por eso, no resulta original afirmar que ésta atraviesa una crisis profunda y que, más allá de cierto voluntarismo, la “Patria grande” sigue siendo una quimera.
 
El vendaval “bolivariano” dominó el comienzo del siglo XXI, afectando la política de numerosos países, e incluso al conjunto del continente. También a la forma de interpretar la historia, dada su peculiar manera de reescribirla. Prueba de su éxito es la apropiación del patronímico bolivariano para definir tanto un movimiento político como una línea de pensamiento de marcado sesgo ideológico.
Los historiadores no eludimos la reescritura de nuestra disciplina, ya que como señaló Croce "toda historia es historia contemporánea". Pero una cosa es reescribir la historia formulando nuevas preguntas al pasado y otra distinta reescribirla para influir sobre el presente o el futuro con fines políticos. En ese caso no estamos reescribiendo la historia, sino manipulándola o incluso falsificándola.
El mayor perjudicado por el furor revisionista- populista fue Bolívar. Se lo presentó como el gran libertador que fue, y como un adelantado a su tiempo, con atributos políticos e ideológicos extemporáneos. Chávez lo convirtió en el eje de su acción y su pensamiento. En una entrevista desde la cárcel, tras su golpe fallido, señaló: "El líder auténtico de esta rebelión es Bolívar. Él con su verbo incendiario nos ha alumbrado la ruta”. Según Barrera y Marcano, Chávez lo presentaba como el coautor del golpe y de ahí que lo hagan decir: "Bolívar y yo dimos un golpe de estado, Bolívar y yo queremos que el país cambie".
El camino de Bolívar a Chávez está jalonado de luchas populares con un final único y previsible: la definitiva independencia. Pero, como apuntó Castro Leiva, “el pensamiento bolivariano fue víctima de su propio historicismo". Por eso, sus manipuladores deben adaptarlo a demandas actuales. Así encontramos un Bolívar fiel a su legado y otro no, un Bolívar verdadero, el que retuvo el poder, y otro falso, que lo perdió y adhirió a posturas conservadoras. Según Alejandro Casas, mientras “en el Bolívar sin poder se inspiran el conservadurismo y el tradicionalismo hispanoamericano, en el Bolívar con poder –el verdadero Bolívar– encontrarán inspiración y ejemplo reformadores y revolucionarios”.
Como Castro Leiva, Pino Iturrieta usa la historicidad de los “fenómenos humanos” para arremeter contra el bolivarianismo: “Su líder, en uno de los ejercicios más antihistóricos de que se tenga memoria, proclamó el ideario de Bolívar como panacea para las urgencias de Venezuela. Pero, no contento con la magnitud del anacronismo, mezcló las ideas del grande hombre con los atrevimientos latinoamericanistas de Simón Rodríguez y con los argumentos que supuestamente desarrolló Ezequiel Zamora durante el comienzo de la Guerra Federal”.
Para presentarlo como precursor de la integración rescatan el Congreso de Panamá de 1826 y dos frases de la "Carta de Jamaica". Una: "Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse". Y la otra: "¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!”.
 
La utilización política del pasado no es novedosa, ocurre desde que el hombre conoce su valor y el poder que le da controlarlo. En 1984, O´Brien invita a brindar por el futuro. Pero, Winston Smith, empleado en el ministerio de la Verdad, propone hacerlo "Por el pasado". "El pasado es más importante", concedió O´Brien que remató, "Brindo por eso". Esta idea llevó a Orwell a afirmar que: «Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro».
La falsificación de la historia latinoamericana tuvo su momento estelar en la reinvención de Bolívar como precursor de la definitiva emancipación, un revolucionario socialista, partidario de la segunda y definitiva independencia de Estados Unidos. En Venezuela la apropiación de Bolívar no es novedosa y el pensamiento bolivariano sirvió y sirve para diversas causas, siendo precursor de casi todo, desde la industria petrolera a la ecología.
Nikita Harwitch apunta en la misma dirección y sostiene que quienes se apropiaron de su figura reivindican sus "verdaderos" orígenes revolucionarios, incluyendo su condición de paladín de los explotados y portavoz de los menesterosos, frente a la prooligárquica historia "oficial". Este uso se vincula con “el culto a Bolívar”, estudiado por Carrera Damas, aunque lo supera al presentarlo como una figura paternal, el padre de los venezolanos, un padre que sigue vivo luchando codo a codo con Chávez por liberar a su pueblo.
Como apuntó Juan Morales, cualquiera puede ser bolivariano: "Bolivarianos se declaran los socialdemócratas, comunistas, ultraizquierdistas, sacerdotes y hasta los terroristas. Bolivarianos se han declarado desde Fidel hasta Pinochet". Según Carrera Damas la religión civil bolivariana es exclusiva y excluyente, y "más que una emancipación política, define el punto de partida absoluto. Antes de la Independencia y de Bolívar, virtualmente todo era tinieblas. La patria venezolana vino entonces a ser creada como Dios creó al mundo. El pensamiento bolivariano se convierte en palabra de Evangelio. No es necesario explicar lo evidente: basta con recitarlo de memoria".
 
Los Bicentenarios produjeron avances historiográficos y abrieron líneas de investigación vinculadas a la historia política, la historia de las ideas y las instituciones, aunque algunos gobiernos intentaron apropiárselos. Para ellos, la emancipación fue solo una etapa de un largo proceso que deviene en la definitiva independencia, o, como se insiste en Bolivia, en la descolonización, asociada a la integración y la Patria Grande.
Un dato que suele omitirse al cuestionar el "relato" oficial es que la “patria grande” de comienzos de siglo XIX excluía a Brasil, que, como Estados Unidos, hablaba otra lengua, pese a estar en el mismo continente. Brasil tampoco pertenecía al mismo universo político, una verdad entonces asumida.
 
Al vincular emancipación y orígenes de la integración se manejan diversos conceptos, aunque se evita definirlos y se dice que unión e integración son sinónimos. La asimilación conceptual provoca numerosos equívocos. La unidad de las naciones no equivale a integración, y menos con su actual sesgo multilateral, que implica institucionalidad y cesión de soberanía a instancias supranacionales.
Quienes  vinculan integración e independencia la confunden con antiimperialismo, ya que, por definición, todo lo opuesto a Estados Unidos favorece a la Patria Grande. Luis Vitale traza una línea continua entre Bolívar y el Che Guevara.
Dos cosas sorprenden  en este itinerario. La primera, el esfuerzo por incluir a Brasil, aunque en el listado de nombres y sucesos no figura nada ni nadie relacionado con su pasado. La segunda, el énfasis en vincular integración e independencia, como si una fuera consecuencia de la otra o la condición necesaria para su realización.
Sin embargo, más allá de las diferentes entidades administrativas y jurisdiccionales previas a la emancipación, lo que sí estaba unificado era el Imperio español. A esa unidad se remitían los contemporáneos, que creían que unidos resistirían mejor la agresión realista. La emancipación fragmentó al Imperio y los "espacios coloniales", como dirían Assadourian y Garavaglia. Aquí destacaría el desconocimiento de la historia colonial de quienes relacionan el origen de la integración con la independencia. En realidad ocurrió lo contrario. Las colonias españolas estaban más integradas económica y políticamente antes de 1808 que tras la génesis republicana, siguiendo, entre otros, el trabajo de Tandeter sobre Potosí.
 
Pese a descartar cualquier comparación con la integración europea, una mirada hacia ambos procesos permite entender mejor a América Latina. Si bien los dos comenzaron tras la Segunda Guerra Mundial, resulta curioso ver cómo políticos y académicos latinoamericanos señalan que la integración europea se explica por su historia. Esta fórmula relaciona el horror de las dos guerras mundiales del siglo XX con la génesis de la Unión Europea. Aquí hay algo contradictorio, ya que la integración o la no integración latinoamericana también es producto de su propia historia. Incluso se sitúa permanentemente a Bolívar en sus inicios.
Hace 60 años se firmó el Tratado de Roma, origen de las Comunidades Europeas. Pese a sus dificultades, la Unión siguió avanzando, mientras América Latina no tiene una fecha similar para celebrar. Es más, todos los "padres" de Europa son personajes de mediados del siglo XX, como Adenauer, Monnet o Schuman. Y si bien la Unión ha escrito una historia autocomplaciente, no necesita remontarse a Atenas o a Roma para justificarse. Tampoco en precursores como Napoleón o Bismarck, a diferencia de Bolívar o Miranda. ¿Por qué América Latina no tiene a personajes semejantes como arquitectos de su integración? O, ¿por qué carece de un entramado institucional similar? Estas ausencias obligan a poner el foco en otros tiempos, contextos y nombres, como los de Miranda, Bolívar o Martí.
En Europa hay un debate historiográfico sobre los orígenes de la integración. La historia "oficial" es un relato feliz y progresivo cuyo destino último es la unidad política. Sin embargo, este debate no existe en América Latina, donde ni siquiera hay una buena historia de la integración.
 
En las últimas dos o tres décadas el estudio de la integración se ha centrado más en la historia de las ideas, y en el antiimperialismo y el marxismo, que en su propia dinámica, con un relato ideologizado y politizado. En este contexto nadie aborda cuestiones claves para explicar a Bolívar: ¿Qué significaba integración en la primera mitad del siglo XIX? ¿Qué se quería integrar? ¿Para qué? ¿Con qué mecanismos? Por eso se propone a los teóricos de la integración construir nuevos paradigmas, relacionando a los llamados pueblos originarios con los libertadores y los intelectuales progresistas.
El sueño de Bolívar o su capacidad visionaria lo justifican casi todo, como vincular el pasado prehispánico a las luchas anticoloniales y la integración regional. O que los nichos ecológicos precolombinos fueran un embrión de la integración. Para Pérez de Alandía “Queda pendiente determinar si las relaciones de intercambio vigentes entre los pueblos originarios corresponden a un tipo de integración destruida por el invasor”. Quienes insisten en este discurso, y en el protagonismo de los grupos subordinados, comenzando por los indígenas, se olvidan de la perspectiva criolla y elitista de Bolívar. Si Bolívar hubiera propuesto la integración regional, ésta hubiera sido una integración “oligárquica”, criolla.
De la deriva de estos estudios se desprenden dos ideas. Primero, la integración es positiva para el interés popular y por eso los poderosos (el invasor europeo, el imperialismo norteamericano y las oligarquías) frenan su avance. La conclusión es sencilla, América Latina no se integra porque no la dejan. Segundo, hay un continuum entre la “integración” prehispánica con la impulsada por Bolívar y la que encarnan Chávez y el ALBA. La idea del “sueño bolivariano” viene de antiguo, como prueba la propuesta de Sandino de alianza continental y su “Plan de realización del supremo sueño de Bolívar” de 1929.
A diferencia de estas interpretaciones, Bolívar solo pensaba en la "América antes española", Hispanoamérica. Cuando en 1815 escribió la Carta de Jamaica, su universo americano se limitaba básicamente a Venezuela y Colombia. Todavía no había ido a Quito ni se había enfrentado a los pastusos. Con ese horizonte era sencillo hablar de “unidad” americana. Su perspectiva cambió cuando llegó al Perú, encontró otra realidad y constató que era venezolano y su ejército invasor: “Esto no es Colombia y yo no soy peruano; en el Perú no se pueden hacer las cosas como en Colombia, y yo, en calidad de colombiano, menos aún, porque siempre seré extranjero”.
 
El "sueño bolivariano" se asimila a la integración regional, definida en el Manifiesto de Cartagena de 1812 y la Carta de Jamaica. Sin embargo, Castro Leiva habla de "ilusión ilustrada" al referirse al fracasado intento de la Gran Colombia. La unidad se enfrentaba a la fragmentación propiciada por la anarquía y el choque de diferentes proyectos nacionales o regionales. Lynch señala que más allá de la fantasía bolivariana, sus ideas para la confederación y el congreso de Panamá prejuzgaban la existencia de naciones individuales, a las que quería proporcionar seguridad colectiva. “Su ideal de la Gran Colombia no suponía una negación de la identidad nacional, sino su afirmación".
El proyecto unificador fue solo uno más, aunque no el de mayor apoyo popular ni el que finalmente se impuso. Una cosa eran los intentos de crear una gran Federación o Confederación de estados, amparada en la independencia, y otra muy distinta impulsar la integración regional, según criterios actuales. Dada la confusión en torno a lo que es o debería ser la integración, la discusión nominalista ocupa un papel central. Ante la escasa entidad de la integración regional durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, muchos historiadores se centraron en la formación de la identidad latinoamericana y la denominación del continente. Pese a ello, hay que insistir en el protagonismo de las identidades nacionales y del nacionalismo en el fracaso de este sueño unitario.
Según Guerra, la aparición de las Juntas después de Bayona no implicó la separación de España, aunque permitieron "la ruptura definitiva con la península" y "la desintegración territorial". Ésta surgió de las diversas posiciones regionales y de la lógica implícita en la reversión de la soberanía a los "pueblos", como señalan Chiaramonte y Annino. Las nuevas repúblicas no heredaron la soberanía regia, solo la reconstruyeron desde dentro.
 
La idea de la invención de la nación o de una nación inexistente es recurrente. Por eso habría que rastrear la evolución y el posterior fracaso de algunos macro proyectos "nacionales", como el Primer Imperio Mexicano, la República Federal de Centroamérica, la Gran Colombia, la Federación Andina y la Confederación Perú – Boliviana.
Había fuertes obstáculos para conformar grandes unidades políticas. Las divisiones internas y los diversos proyectos nacionales frustraron el ideal preferido de Bolívar, la Gran Colombia, o la "ilusión ilustrada" de Castro Leiva. Tampoco se avanzó en la construcción de una identidad nacional común, al primar las identidades preexistentes y los regionalismos. Por eso Carrera Damas insiste en que "Colombia fue una república de un solo ciudadano".
 
Se apunta a Miranda como precursor de la emancipación, de la unidad hispanoamericana y del pensamiento de Bolívar. Pero una cosa era luchar por la independencia y la unidad y otra abogar por la integración regional. Su visión geoestratégica era continental, casi imperial. Quería reconfigurar a las colonias en una gran federación de Estados, pero nunca en desmembrar el Imperio. Como afirma Carmen Bohórquez, su objetivo era “un solo Estado sudamericano independiente”, en sustitución de las colonias españolas. Su Colombeia abogaba por “una "nación española" a ambos lados del Atlántico. En vísperas de la independencia, las Indias eran gobernadas de forma centralizada y por eso Miranda imaginó el cambio de régimen a escala continental.
José Luis Romero fue lapidario en su juicio sobre Miranda, advirtiendo de las precauciones a adoptar para vincular su pensamiento y su obra con una teoría general de la integración: Sus “planes políticos [no eran] sino bosquejos provisionales que, por cierto, parecían ignorar la realidad latinoamericana. La experiencia demostraría su desconocimiento de la situación social y política de su tierra natal”.
Miranda comenzó a modelar la identidad americana. Fue el primero en vincular unidad política con ciertos rasgos culturales comunes (lengua y religión). Su “Discurso preliminar a los americanos”, de 1797, entendía a la América española como un todo, centrado en la unidad del Imperio y una patria común. También aludió al papel protagónico de Panamá como eje de una América independiente, una idea retomada por Bolívar.
 
Los españoles americanos definían su identidad por su pertenencia a la Monarquía hispana, la "nación española", y en torno a ella Miranda y Bolívar definieron sus proyectos de unidad. Era una identidad fuerte, sustentada en la lengua, el castellano, hablado por criollos y mestizos, buena parte de las "castas" y un número creciente de indígenas; la religión católica; la historia, relacionada por los criollos con su origen peninsular y sus vínculos familiares; y la monarquía, eje de la unidad política, de fuertes vínculos individuales y colectivos con el Rey. Así se estructuró una potente unidad político-religiosa, que adhería a los valores de la "Monarquía católica". Como dice Guerra, la “lealtad al rey [era] inseparable de la adhesión a la religión".
Miranda fue el primer latinoamericano preocupado en construir espacios míticos. Zeuske habla más de ellos que de integración, ya que por definición no se puede integrar lo que ya está integrado. Miranda inventó o construyó un espacio aún más mítico: Colombeia, una mitificación de raíces griegas y romanas, “una gran Grecia continental en la América, con una metrópoli, Colombo, un Corinto americano en Panamá”.
 
Buena parte del bagaje “integracionista” de Bolívar figura en la “Carta de Jamaica”, que según Inés Quintero tiene un fin político y propagandístico: “promover el proyecto de la independencia, ofrecer una mirada que permita confiar en un desenlace venturoso cuando todo hace pensar que es un proyecto sin futuro”. El problema está en considerarla un “testimonio panorámico y estático, en lugar de la evidencia de un tránsito”.
Pino Iturrieta la define como “la piedra angular del mensaje integracionista” y “una de las producciones más trajinadas de El Libertador”, que dio lugar a “una lectura inamovible y generalmente aceptada de su contenido”. Para Lynch, Bolívar buscó en ella una visión total de América, más allá de Venezuela y Nueva Granada. ¿Hasta qué punto fue así? Aquí hay que considerar las circunstancias personales de Bolívar, la evolución de la independencia venezolana y la coyuntura internacional, incluida la restauración absolutista en España.
Según Lynch, la “Carta de Jamaica” no fue un “llamamiento al pueblo americano, pues en 1815 el pueblo americano no lo oyó”. La Carta se publicó en inglés en 1818 y su primera versión conocida en español es de 1833. Pero, Bolívar “aprovechó [su] contenido en muchas otras declaraciones públicas [y la] convirtió en moneda corriente del ideario de la revolución hispanoamericana”. Para Pino Iturrieta no fue un escrito aislado. Su complemento fue otro firmado por “El Americano” en las mismas fechas. Ambos desprenden una visión criolla. Si en uno Bolívar se explaya sobre las virtudes criollas frente a otras razas o naciones americanas, en la Carta de Jamaica insiste en el carácter relativamente novedoso de las sociedades americanas y el estatus diferente de los americanos, una “especie media” entre indios y europeos.
Muchos insisten en el carácter profético y la apuesta integracionista de la Carta de Jamaica. El primero fue clave en la construcción del culto a Bolívar. Para Quintero, “[su] genialidad, como atributo especial y providencial, se sostiene y repite sin variaciones. Es la carta profética del genio”. En 1865, Felipe Larrazábal, uno de los impulsores del culto, ungió al Libertador con el don de la clarividencia: “Todo encomio que quiera hacerse de esta carta será pequeño. Pero lo que más tiene de resaltante es la clarividencia del hombre de genio. Bolívar escribía en 1815 y puede decirse que miraba claramente lo que había de realizarse cinco, veinte, treinta años después. Conocía lo futuro. Todo eso lo veía Bolívar y lo escribía. ¿Puede ir más lejos, por ventura, la inteligencia humana?”.
 
Veamos ahora que dicen sobre la integración el Manifiesto de Cartagena y la Carta de Jamaica, presentados como los pilares del pensamiento bolivariano. El Manifiesto de Cartagena apunta: "Soy del sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas". Bolívar no habla de integración ni de sus mecanismos, solo quiere un estado centralizado, fuerte y poderoso para derrotar al enemigo. En la Carta de Jamaica reaparece la unión como la vía para reforzar el poder militar y alcanzar la independencia.
Los defensores del Bolívar integrador reservan el mayor mérito a la Carta de Jamaica, citando parcialmente su fragmento predilecto, aunque distorsionen su discurso. Dice Bolívar: "Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse". Pero en lugar de un punto hay un punto y coma y prosigue: "Mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América". Uno de los primeros en advertirlo fue Pino Iturrieta en su ingreso a la Academia Venezolana de la Historia. Quintero, su actual directora, insistió en cuestiones similares.
Bolívar reconoció en el Manifiesto de Cartagena que “Nuestra división, y no las armas españolas, nos [tornaron] a la esclavitud". En 1814, en el Manifiesto de Carúpano, condenó las guerras fratricidas y las divisiones internas, denunciando al enemigo que estaba en casa. Esto refuerza lo luego manifestado en la Carta de Jamaica sobre las “situaciones diversas e intereses opuestos” que impiden la unidad continental.
De todo esto no se desprende ninguna pulsión por la integración. No se puede sostener tal idea, ni convertir a Bolívar en un padre integrador con una sola frase sacada de contexto, que ni siquiera se acomoda a su acción política y de gobierno. Lo más que podría argumentarse es que su máxima aspiración era recomponer la unidad del viejo y ya fragmentado Imperio español.
Otra pasaje de la Carta de Jamaica, muy citado para reforzar el ideal integracionista, alude a la centralidad de Panamá y al Congreso que allí sesionaría: "¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!” Pero la frase continúa: “Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar de discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo". En 1815, para Bolívar, el Congreso no debía sentar las bases de la unidad latinoamericana, o de su integración, sino discutir con los grandes imperios asuntos cruciales en pie de igualdad. Es más, ese Congreso solo “podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada”.
El documento presenta otras cuestiones análogas con el mismo mecanismo discursivo: la expresión del deseo seguida de los estrictos límites que marca la realidad: "Yo deseo más que otro ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo; y menos deseo aún una monarquía universal de América, porque este proyecto, sin ser útil, es también imposible".
 
Las preguntas sobre el surgimiento de varias naciones a partir de un mito independentista común son frecuentes. Pero también valdría la inversa: ¿Cómo se pudo insistir durante tanto tiempo en la unidad, en un entorno marcado por la fragmentación, sin valorar la influencia aglutinadora del imperio? La experiencia de la Gran Colombia fue paradójica. Bolívar no vio cumplido su sueño de una América unida, ni siquiera pudo vertebrar una Colombia unificada.
 
Para Georges Lomné el anhelo por la unidad era claro, y recuerda que el himno venezolano, redactado en perspectiva continental proclama desde 1811: "La Fuerza es la unión" y que: "Unida con lazos/Que el cielo formó/La América toda/Existe en Nación". Sin embargo, la estrofa sigue así: "y si el despotismo/levanta la voz,/seguid el ejemplo/que Caracas dio". El texto unifica lo general (la América que “existe en Nación”) con lo más local (la Caracas ejemplar), aunque no resuelve la contradicción de ambos proyectos.
 
La profunda revisión de Pino Iturrieta de la Carta de Jamaica y de Bolívar como precursor de la integración concluye de forma demoledora: la Carta admite la eventualidad de la integración, pero enseguida la niega. Si bien las nuevas repúblicas pueden converger en torno a ciertos factores unificadores, a continuación advierte de los impedimentos que “conspiran exitosamente contra un sueño sublime”. Lo mismo sucede con el Congreso de Panamá. Lo ve como un anhelo superior y útil, pero al mismo tiempo como algo remoto e improbable.
 
La Gran Colombia fue el mayor experimento de unificación territorial impulsado por Bolívar, sin olvidar a la Federación de los Andes, y fue una alternativa a la anarquía originada en los caudillos regionales. Desde fechas tempranas pensaba en ella y en dar mayor base defensiva a su proyecto emancipador. Decía en la Carta de Jamaica: “La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva ciudad con el nombre de Las Casas. Esta nación se llamaría Colombia como un tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio".
Colombia fue un microcosmos de la unidad hispanoamericana, donde afloraron los problemas y complicaciones, las divisiones y contradicciones presentes a escala regional. Las distancias que separaban a las capitales, Bogotá, Caracas y Quito, los accidentes geográficos, las malas carreteras y las diferencias étnicas y sociales amenazaban su unidad. Los sistemas productivos de Venezuela y Nueva Granada tampoco favorecían la integración económica. A esto se agrega que Bolívar nunca contó con una base de poder regional, lo que complicaba sus planes.
De haberse logrado la unidad, ¿cómo se habría organizado? Ya advertía Bolívar que "un Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias, al cabo viene en decadencia, y convierte su forma libre en otra tiránica", y desemboca en despotismo.
 
Durante las guerras de independencia hubo poderosos estímulos para la defensa común, pero una vez acabadas retornaron las viejas tensiones y contradicciones. Para Lynch, la Gran Colombia "se fundaba en una estrategia militar que luego se prolongó como cuestión de identidad nacional y credibilidad internacional, antes de sucumbir a una realidad que el mismo Bolívar reconocía". Si esto pasó en Colombia, ¿qué ocurriría con los obstáculos que encontró el proyecto bolivariano de unidad regional, que implicaba desafíos mayores?
Para Bolívar la independencia de Venezuela fue solo un primer paso en la dirección correcta, como afirmó en el Discurso de Angostura. La experiencia le enseñó que una Venezuela independiente no bastaba para mantenerse libre y romper con España. Dada la importancia de un estado más grande, la confluencia con Nueva Granada era esencial. Venezuela fue el embrión de la Gran Colombia, pero desde 1815 también fue la primera en cuestionar su unidad. Los venezolanos veían a los neogranadinos como dominadores extranjeros, mientras las relaciones entre Caracas y Bogotá fueron influidas por el enfrentamiento entre militares y funcionarios civiles.
En 1829 su visión continental estaba marcada por la frustración y en julio de ese año pensaba que la división de Colombia era imparable, por la antipatía entre Nueva Granada y Venezuela. La alternativa, irrealizable, era un gobierno centralizado, vitalicio y fuerte. La crisis se aceleró y en 1830 las tensiones internas acabaron con ella. En enero Bolívar renunció ante el Congreso Admirable, lo que repitió de forma irrevocable en abril. En poco tiempo se quebró la estructura grancolombina, pero, su liquidación definitiva ocurrió en diciembre de 1830 con la muerte de Bolívar.
 
En su intento de consolidar la independencia, Bolívar tuvo problemas en Colombia (Pasto) y fuera de ella, comenzando por Perú. Reivindicaba su derecho a intervenir sin invitación "en defensa de la revolución americana”. Pero en Perú encontró obstáculos mayúsculos. En el norte, el ex presidente Riva Agüero prefirió negociar con los españoles antes que reconocer su predominio. En noviembre de 1823 su desilusión era total: "Ya no hay que contar más con chilenos y argentinos, y estos peruanos son los hombres más miserables para la guerra. Desde luego, debemos resolvernos a sostener solos la lucha".
Sus tropas eran vistas con recelo. Según Bolívar: "Parece que los miembros del gobierno [peruano] nos tienen más celos a nosotros que a los españoles". Para los peruanos, solo era un venezolano y su ejército invasor, como muestran innumerables pasquines. La copla "El Fusilico", de José Joaquín de Larriva, dice: "Cuando de España las trabas/ en Ayacucho rompimos,/ otra cosa más no hicimos/ que cambiar mocos por babas,/ Nuestras provincias esclavas/ quedaron de otra nación./ Mudamos de condición;/ pero solo fue pasando/ del poder de Don Fernando/ al poder de Don Simón".
Bolívar era consciente del rechazo que generaba entre las elites peruanas. Si a los peruanos no los apreciaba, a los quiteños tampoco. Lo mismo se puede decir de los indios andinos, aunque el sentimiento de desconfianza y rechazo era mutuo. El líder montonero Ignacio Quispe Ninavilca definió a los colombianos como a "una chusma de ladrones”. Los peruanos rechazaron tanto su dictadura como su propuesta de confederación de países andinos
 
En Bolivia el Libertador volvió a enfrentar serios problemas, por el rechazo de las elites a la abolición de la servidumbre y la esclavitud y su política impositiva y de reparto de tierras. Los sectores populares, comenzando por los indígenas, también recelaban de sus intenciones. El nacionalismo boliviano fue espoleado por la presencia de tropas colombianas. Los rioplatenses y peruanos, que se sentían privados del Alto Perú, también contribuyeron. En julio de 1828 el gobierno expulsó a los extranjeros del ejército y retiró a las tropas colombianas del país.
Tras la Constitución boliviana Bolívar quiso crear la Federación de los Andes, con Colombia, Bolivia y Perú. En la América española estarían México (y América Central), la Federación de los Andes y el Río de la Plata. El panorama continental se completaría con Estados Unidos y Brasil. Bolívar planteaba su Federación como un contrapeso al poder de Estados Unidos en el norte y Brasil y Buenos Aires en el sur.
En 1828 las cosas se complicaron para la Federación, que terminó zozobrando. Entre los factores desencadenantes estaba la salida colombiana de Perú, una posible guerra bilateral y el potencial abandono venezolano de la Gran Colombia. La Federación Andina fue un proyecto que nunca cuajó, evidenciando las dificultades para lograr la unidad continental y para implantar en todos los países la Constitución boliviana y un sistema político con presidente vitalicio.
 
La discusión sobre la forma de estado (monarquía o república) y sus características (centralista o federalista) es esencial para relacionar el proyecto unificador del Libertador con la integración y valorar su viabilidad. Estas dicotomías explican los dilemas de Bolívar sobre la gobernanza. Es una cuestión importante, ya que si gobernar una nación pequeña era complicado, pilotar una grande era más difícil.
Bolívar no deseaba, por  imposible, ni una "gran república" ni una "monarquía universal". Estas dudas se superponen al tamaño de las naciones y al ejercicio de la democracia, sin que las diversas posturas siguieran una pauta ideológica. Bolívar abogaba por un país grande y centralizado, con un gobierno fuerte, opuesto al federalismo y la descentralización. Así, Botana se ha referido a Bolívar como un “arquitecto frustrado de gobiernos mixtos impostados en la forma republicana”
 
Las posturas se cruzaban. Liberales y conservadores podían ser centralistas o federalistas. Bolívar era un caso aparte, al ser simultáneamente liberal, conservador y centralista. En una carta a Santander, le dice: "estoy convencido de que Colombia no se gobierna con prosperidad y orden, sino con un poder absoluto. Se necesita un ejército de ocupación para mantenerla en libertad". Sus reflexiones provenían de su relación con la pro hispana Pasto y sus habitantes, a los que más de una vez deseó exterminar: "los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte".
Romero dice que "llevadas hasta sus últimos extremos, las tendencias centralistas podían conducir a un proyecto práctico y a una política real de unificación americana”. Refuerza su idea con la unificación de tres países en Colombia, la retirada de San Martín del Perú y de América, la debilidad de los territorios del Río de la Plata y el éxito del ejército bolivariano en Bolivia y Perú, todo lo cual parecía asignar opciones reales a la unidad. Sin embargo advierte de que “el sentimiento nacional y los intereses locales se mostraron suficientemente activos como para descubrir que la idea no era factible”.
 
Tampoco se debe perder de vista la aproximación de Bolívar a la democracia y las elecciones, esencial en su propuesta de unidad. Su prevención anti electoral era temprana, aunque no las rechaza de plano. Una cuestión central en esta discusión es, ¿cómo se realizaría la integración latinoamericana sin democracia y gobiernos democráticos?
Su oposición al federalismo era tajante. La debilidad de un gobierno federal era incontestable cuando “América necesitaba fortaleza y unidad”. Para él, unidad y centralidad eran más un mecanismo de fortalecimiento militar que político. Desde su punto de vista y de muchos contemporáneos, la división los debilitaba frente a España.
 
Otro obstáculo a la integración fue el exceso de nacionalismo en las sociedades americanas, un sentimiento desarrollado a partir de los múltiples pueblos que pugnaban por recuperar su soberanía. El nacionalismo surgió de forma simultánea a las nuevas repúblicas, y su aparición no fue precedida por movimientos nacionalistas, sino por la desintegración de la monarquía.
En este punto es pertinente preguntarse por el sujeto de la soberanía y su identidad. Al respecto dice Guerra que “La identidad propia se afirma o se inhibe en la relación con el “otro”. Los traumatismos provocados por las intervenciones extranjeras y las querellas interamericanas son un componente esencial de la formación del sentimiento nacional”. Pero, ¿quién es el “otro”? Ya no es más el español, el peninsular, el gachupín. Ahora el “otro” es el vecino, algo decisivo para conformar las identidades nacionales y los nacionalismos en gestación.
La construcción republicana y de la identidad nacional fue paralela. En la segunda identificamos dos fases muy claras. Al comienzo, los españoles americanos dejaron de ser españoles para ser solo americanos y luego la propia identidad se afirmó frente a los vecinos. El reforzamiento de las identidades nacionales fue un contrapeso a la unificación regional.
Los distintos proyectos nacionales enfrentaron un desafío inédito: la pugna entre las tres soberanías preexistentes a la independencia: pueblos, provincias y centros con aspiraciones nacionales. Así, la soberanía condicionó el desenlace de la independencia, la vida de las nuevas repúblicas y la formación de las identidades nacionales.
Por eso es importante saber cuáles y de qué tipo eran las identidades colectivas del Imperio, su articulación común y su relación con las nuevas. Las antiguas identidades colectivas importan para ver en qué medida se podía cumplir el "sueño bolivariano" de una nación. Chiaramonte se pregunta cuánto de las naciones constituidas durante el siglo XIX existía al final del imperio. Va más allá al considerar que el vínculo entre independencia y nación es anacrónico y acrítico, al admitir teleológicamente que el fin del proceso independentista era crear determinadas naciones.
Romero también apunta a la génesis del nacionalismo: “En pocos años, el sentimiento de la nacionalidad había despertado, había madurado en la lucha y se convirtió en una fuerza irreprimible. La idea de nación, un poco abstracta, se nutrió de la idea de patria, tanto más vívida cuanto que era, más que una idea, un sentimiento. Cada nuevo país se concentró en su propia personalidad colectiva, en sus hombres y en su paisaje, y se sintió seguro no solo de ella, sino también de cuanto la diferenciaba de los demás”.
Si en una primera etapa la americanidad justificaba una guerra entre dos naciones o pueblos (el americano y el español), ésta no bastó para fundar la existencia política de una "nación americana. Guerra es concluyente: "El ideal de la unión de todos los pueblos de Hispanoamérica, y más aún el de una unión continental como la que Bolívar intentó construir no fue más que una utopía política basada en la muy tenue identidad americana".
 
Las relaciones interregionales se caracterizaron por una cierta solidaridad hispanoamericana, pese al recelo generado por el "tamaño y el monarquismo” de Brasil y México, como señalara Josefina Zoraida Vázquez. La distancia y la incomunicación dificultó el reconocimiento de unos estados por otros, sin olvidar los conflictos fronterizos que enrarecieron las relaciones entre vecinos durante el siglo XIX y aún después, junto al expansionismo de algunos países y gobiernos.
Colombia y México fueron los grandes promotores de la unidad hispanoamericana, pero se distanciaron. De ahí la pertinencia de preguntarse por las suspicacias que provocaba México, un tema que aún persiste. Una cuestión sin resolver de la integración regional gira en torno a qué se quiere integrar, ¿América del Sur o América Latina? Su respuesta supone la presencia o ausencia de México.
 
Miranda fue el primero en proponer un Congreso continental y su Plan de Gobierno de 1801 sugiere que Colombo, la capital federal de Colombia, estuviera en Panamá. Luego Bolívar retomó su idea. Delegados plenipotenciarios de las nuevas naciones formarían "un organismo de conciliación, una especie de cuerpo legislativo supranacional", que coordinaría sus políticas y sus relaciones externas. A partir de 1822 comenzó a hablarse de "una nación de repúblicas" y de "una autoridad sublime". Con ese objetivo, y para mantener una cierta unidad entre los nuevos gobiernos, propuso a Buenos Aires, Chile, México y Perú formar una Confederación en Panamá. Bolívar excluía a Brasil por monárquico y a Estados Unidos por potenciar la relación con Reino Unido. También Haití quedaba fuera por su carácter heterogéneo y extranjero.
El objetivo del Congreso era claro: las naciones tendrían una ley común para regular sus relaciones internacionales y garantizar su supervivencia. “La liga tendría poderes para mediar en las disputas internas y externas y debería intervenir en casos de anarquía interna o agresión externa”. El Congreso reunió en 1826 a América Central, Colombia, México y Perú. Los brasileños no viajaron y los bolivianos no llegaron a tiempo. Chile no envió a nadie al faltar el acuerdo parlamentario. Buenos Aires y Paraguay tampoco acudieron.
En julio de 1826 se firmó un tratado de unión, liga y confederación perpetua para conservar la soberanía ante toda dominación extranjera. Con un propósito defensivo buscaban protección ante una agresión foránea. El principal y casi único logro del Congreso fue este tratado para defender la soberanía de los estados, junto a la concesión de ciudadanía a los hispanoamericanos residentes en otro país. No se fue más allá. Por cuestiones climáticas y sanitarias las sesiones se trasladaron a Tacubaya, México, donde sólo acudieron un colombiano y un centroamericano. Únicamente Colombia ratificó los acuerdos. Tras lo ocurrido en Panamá, Bolívar no pudo disimular su fracaso y buscó minimizar su impacto.  
 
 

Para concluir señalaría que Bolívar se centró en la unidad americana y no en un proyecto de integración regional, un concepto inexistente a principios del siglo XIX. Sin embargo, esta idea no es asumida por quienes han estudiado su papel, comenzando por los más críticos. Si Guerra habla de una “utopía política” y Zeuske de “espacios míticos”, Pino Iturrieta señala que la “Carta de Jamaica” “admite la eventualidad de la integración, pero inmediatamente la niega”, reduciendo la cuestión a su viabilidad o a que Bolívar asumiera el argumento. Mi postura es más radical, ya que sostengo que Bolívar no concebía una posible integración hispanoamericana y que su objetivo no era integrar a países distintos sino recomponer la vieja unidad del Imperio. Su meta poco tenía que ver con los actuales ejes de la integración regional, el comercio, la economía o la construcción de infraestructuras de interconexión, al primar la posibilidad de dar mejores respuestas militares y políticas al conflicto que enfrentaba. 

Bolívar conocía perfectamente la división y fragmentación existentes al inicio del proceso independentista. Su búsqueda de la unidad era un deseo expresado en relación al momento que le tocó vivir, sin renunciar a una Venezuela independiente. Un año antes de morir, había descartado recomponer la unidad hispanoamericana: "El continente va señalándose de una manera tan escandalosa, que no puede menos que alarmar a la Europa para sostener el orden social. Esto nos dice claramente que el orden, la seguridad, la vida y todo se aleja cada vez más de esta tierra condenada a destruirse ella misma y ser esclava de la Europa".
Unidad no es integración regional. Aquí convergen dos posturas diferentes. De un lado, quienes manipulan la historia y justifican sus prácticas con la legitimidad que dicen le aportan Bolívar y otros actores contemporáneos. Del otro, los que creen sinceramente en la integración y piensan que buscando sus raíces históricas en tiempos pretéritos la fortalecen. Sin embargo, ambos hacen un flaco favor a la integración latinoamericana, que para avanzar a paso firme necesitaría sacudirse definitivamente la retórica y el nacionalismo soberanista que la acompaña.


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